martes, 31 de enero de 2017

El Viejo Cuartel

En numerosas ocasiones, caminamos bajo la tormenta... Movemos rápidamente nuestros pies sobre suelo mojado y bajo cielos borrascosos, huracanados, repletos de oscura nubosidad que, de alguna forma, guía nuestros pasos, marcando un ritmo estable, junto a una serie de compañeros inseparables: la cámara fotográfica y el teléfono móvil, fiel amigo que recoge nuestras notas, ideas e inspiraciones. Aquella mañana, camino de otro lugar del que pronto hablaremos largo y tendido, sentimos la imperiosa necesidad de realizar una parada en otro que habíamos atravesado cientos de veces y que, por fin, íbamos a contemplar cara a cara. Se trata del Viejo Cuartel, uno de tantos, ubicado junto a una carretera comarcal, al fondo del abismo del abandono... En las profundidades del barro y la decadencia.


Sí, es cierto: a pesar de haber rebasado el mediodía, la amenaza de tormenta inminente obligaba a caminar con cuidado, evitando el viento y el barro, producto de las lluvias de días previos. La luz era muy escasa, aunque nuestras ganas de explorar superaban todas las dificultades, incluso las más intensas, que todavía estaban por llegar... Seguramente recordaréis la gran cantidad de inundaciones que sorprendieron el litoral occidental de la península a finales de año: pues ahí estábamos nosotros, contra viento y marea... Y nunca mejor dicho.


Según cuentan algunos testigos, aquel conjunto de edificios formaba parte de un antiguo cuartel de radio y comunicaciones... Otros resuelven que se trataba de un regimiento de artillería, uno de todos los que quedan dispersos por la zona, totalmente inactivos y expoliados. Independientemente de su finalidad, algunos de esos edificios todavía se mantenían en pie: destruidos y abandonados, podían divisarse, a bote pronto, acuartelamientos de convivencia, una garita de vigilancia y dos molinos, uno de ellos, con toda la maquinaria, en un entorno verde, repleto de vegetación, hoy en día, descuidada.


Poco quedaba del primer edificio que visitamos: el techo, convertido en escombros, yacía bajo nuestras garras... Nosotros, rodeados de arte urbano, caminábamos despacio mientras divisábamos los primeros relámpagos, esos que emitía el cielo a modo de súplica, como si fuera estrictamente necesario que abandonásemos nuestro objetivo. Restos de corredores, cuartos de baño y cocinas podían continuar siendo discernidos en aquella estructura vacía y antigua, pero cargada de historias militares, uniformes mimetizados y cánticos de rima fácil. Desde sus ventanas, la ciudad se contemplaba cercana, cubierta de nubes...


Tras pasar de largo un pozo de escasa profundidad, alcanzamos el primero de los molinos. Construido en mampostería y de un tamaño monumental, aquel singular edificio no estaba en mejores condiciones que la anterior: su maquinaria había desaparecido y la parte superior había cedido de tal forma que la entrada se encontraba, prácticamente bloqueada, impidiendo el paso. Apenas unos peldaños de las escaleras se mantenían en pie, por lo que el ascenso también hubiese sido imposible... Tan sólo quedaba observar aquella curiosa estampa desde tierra firme, evitando asumir riesgos innecesarios.


Una pequeña caseta junto al molino parecía controlar la electricidad de todo aquel acuartelamiento, toda ella compuesta de restos de azulejos de diversos tipos y colores. Un poco más adelante, la garita de vigilancia, esa que ya no tiene nada que vigilar... Nada salvo la carretera, de dos carriles y con una acequia embarrada a cada lado. Unas tímidas escaleras subían hacia la zona más elevada de aquella caseta, que incluía, posiblemente, un pequeño cuarto de baño en la parte inferior. Al extremo del recinto, una zona de dormitorios... 


Sin duda, aquel edificio era el mejor conservado de todos y, posiblemente, también el más moderno: ya no sólo los materiales de construcción eran diferentes, sino también su diseño, con un frente semicircular con numerosas ventanas que, a modo de mirador, ofrecían una imagen completa del panorama. Varias habitaciones se abrían paso ante nosotros, no demasiadas, lo que nos obligaba a deducir una tropa no excesivamente numerosa ocupando aquellos espacios.


Un relámpago nos sacó de aquella situación tan nostálgica... No sin antes contemplar algunos rayos de sol, apenas un par de ellos, que osaban a colarse por los resquicios de aquel viejo edificio, profesándole a la escena una tonalidad anaranjada más propia de un atardecer primaveral:


"(...) El relámpago me sacó, automáticamente, de mis pensamientos... Su luz iluminó todo cuanto tenía a mi alrededor, confiriéndole un toque algo siniestro, provocando en mí una sensación desconocida hasta ese momento (...). La lluvia tardó apenas unos segundos en golpear violentamente los cristales de mi habitación, y el viento parecía arremeter con más dureza sobre el pino que reposaba junto a la ventana... En cualquier momento podía venirse abajo (...). Y por primera vez, experimenté miedo... Miedo a todo y a nada... A la vida y a la muerte... A mi propio futuro y a mi propia existencia... A todas aquellas sombras que me perseguían... A todas aquellas voces que sonaban controvertidas (...)."


domingo, 1 de enero de 2017

La Casa Azul

En el año 2008, entre una multitud de candidatas, la más que conocida revolución sexual quedaría tercera para representar a España en el Festival de Eurovisión... Seguro que todo el mundo recuerda aquella canción tan divertida y apasionante que venía de la mano de un grupo que recuerdo con mucho cariño: la Casa Azul. "(...) Tú, que decidiste que tu vida no valía, que te inclinaste por sentirte siempre mal, que anticipabas un futuro catastrófico, hoy pronosticas la revolución sexual (...)." Aquellos párrafos, que podían parecer en principio una completa locura, permitían saltar barreras, superar la vergüenza y ser altamente positivo, sin necesidad de grandes pretensiones. Curiosamente, hoy desplazamos nuestras ilusiones hasta la Casa Azul, la cual, de una forma positiva y totalmente desvergonzada, nos abrió sus puertas para que la conociéramos y la fotografiáramos... Sin temor y dispuestos a todo.


Era un domingo de octubre... Apenas daban las 5 de la tarde y el sol lucía maravilloso sobre nosotros... Nada podía limitar nuestra visita a aquella enorme casa de campo con dos piscinas extrañamente distribuidas, garaje y dos plantas de altura. Por desgracia, el entorno, que en su día sería un maravilloso y amplio jardín, se había convertido en una completa acumulación de basura: restos de ruedas, vehículos y partes de ellos se agolpaban por todas partes, mientras las aberturas principales habían sido, sin demasiado éxito, cerradas a cal y canto. Numerosas pintadas ya cubrían las fachadas principales, camuflando el original color azul celeste bajo un arcoiris de formas, figuras y rúbricas de lo más variopinto.


Un pasillo totalmente vandalizado nos dio la bienvenida por una de las puertas laterales... Nada de utilidad quedaba a la vista en aquellas tantas y tantas habitaciones que se abrían ante nosotros. La primera de ellas era un enorme salón en el que podían discernirse algunos restos de mobiliario e innumerables destrozos, con unas vistas hacia el jardín principal y un frondoso pino centenario ubicado junto a la puerta. Al lado del salón, un amplio cuarto de baño con jacuzzi nos sorprendió bajo una intensa oscuridad totalmente inesperada... Oscuridad a la que contribuía el color marrón de los azulejos. La bañera era tan espaciosa como profunda, y aún quedaban algunos restos de mármol ocultos bajo los escombros... Seguramente, los vándalos todavía no los habían identificado.


Más habitaciones y un enorme recibidor quedaban en la planta baja, dando lugar a un espacio tan abierto como luminoso... Junto a la entrada principal, al lado de las escaleras, una especie de mostrador en color rojo se mantenía en pie, acompañado de montones de neumáticos. Extraño, ¿verdad? Sobre todo teniendo en cuenta que no había restos que lo hiciesen parecer la barra americana de una cocina o una especie de mini-bar. ¿Qué finalidad podía tener un rincón cómo aquél? Sobre todo teniendo en cuenta que, entre sus tantos escondites, la casa disponía de habitaciones oscuras, semi ocultas, donde todavía quedan restos de vehículos y paredes de cartón.


Desde ahí fue posible acceder a la barbacoa-porche, en un estado francamente deplorable...


Tras tomar la escalera, acabamos de bruces en una planta superior amplia... Repleta de basura pero menos vandalizada. Seguramente sólo sea cuestión de tiempo que, el único pasillo que se encuentra intacto y que va a morir a una terraza, ofrezca una imagen tan funesta como el resto de los rincones de lo que, en su día, fuese una casa de gente con porvenir. Del baño con jacuzzi tan sólo quedaban las escaleras que daban acceso a la bañera y, del mobiliario, sólo restos de tableros y tornillos sueltos. Había ropa sucia, algunos colchones y restos varios de materiales de obra, entre algunos otros curiosos detalles que no dejamos de fotografiar.


Por desgracia, poco más quedaba por ver en la Casa Azul... Poco más que su completo y progresivo deterioro hacia ninguna parte...


"(...) Más que vivir... Sobrevivir... Acariciar la nostalgia bajo cielos despejados o nubosos... Sin más expectativa que ser dañada... Sin que nada ni nadie pueda evitarlo (...). Los días se tornan largos mientras observa la vida pasar por delante de sí misma... Mientras las ventanas tan sólo ofrecen la imagen de un quiero y uno puedo... De un mundo mejor más allá de las fronteras de su propia cárcel (...). Sueña con enamorarse... Con seducir a alguien de una forma loca y desmedida, de esa que duele en lo más profundo, hasta hacerlo capaz de percatarse de su existencia... De tomarla de la mano y alejarse de todo mal. Sólo así sería capaz de ser feliz, de renacer... De vivir (...)" 

domingo, 18 de diciembre de 2016

La Casa de la Lujuria

Los atardeceres rosados cobran especial importancia en etapas otoñales: observar pacientemente la caída del sol y su capacidad para crear ambientes se transforma en una experiencia única y diferente, de aquellas que permiten guardar buenos recuerdos, de esos que aumentan el álbum de fotografías y la caja de la memoria. Si a todo ello sumamos que, aquella tarde, la Casa de la Lujuria parecía rodeada de un aura especial, aquel experimento no podía salir mejor. Completado por luces anaranjadas y rojizas, el contexto parecía estar haciendo alusión a su peculiar nombre, perfectamente merecido en atención a su historia: sexualidad, lascivia y obscenidad son términos que han permanecido homónimos con el paso de las décadas, desatando risas, anécdotas, burlas y habladurías en una población que poco entendía de política y sí mucho de trabajo.


A pesar de la proliferación de núcleos urbanos cada vez más abundantes, una huerta flanqueada por almendros, olivos, algarrobos y viñas sigue viva con el paso de los años, manteniendo la esencia agrícola de tiempos pasados y reorganizando el presente con nostalgia... Memoria viva de tierras y pastoreo. En esa pedanía, cuatro eran las haciendas que destacaban, pertenecientes a cuatro grandes familias de terratenientes, entre ellas, la Casa de la Lujuria, popularmente conocida entre chascarrillos y cuya propiedad, al igual que en el resto de casos, ha ido pasando de mano en mano hasta su detrimento.


El acceso no resultaba tarea fácil, más aún cuando los pocos y últimos rayos de sol desaparecían a la velocidad del sonido. Sin embargo, tras aquellos árboles moribundos se hallaba una de las casas señoriales del siglo XIX que forman parte de la memoria histórica de la provincia... O lo que quedaba de ella: su grado de conservación era excesivamente deplorable, a pesar de estar recogida en el Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del nuevo Plan General de Ordenación Urbana. Su carácter residencial y su suntuosa decoración exterior tan sólo eran un pequeño adelanto de la cantidad de elementos solemnes que estábamos a punto de encontrar.


Desde los restos del aljibe observamos aquella antigua mansión de dos plantas, en cuya fachada todavía se conservaba un pequeño escudo nobiliario, que apenas se sostenía. Justo debajo, los restos de un viejo e inestable balcón de hierro forjado amenazaban con desplomarse mientras, un poco más abajo, una pequeña placa mantenía de una forma clara y concisa el número 29. Se trata de un número de gran potencial emocional, con una tendencia hacia los extremos, que oscila entre la paz y la aventura y que tiene fama de ser negativo... Un buen lugar para hablar de política, suponemos. Quizá era necesario encerrar esa tendencia extremista tras un muro de hormigón... Y tras una persiana cerrada a cal y canto: si bien es cierto que el muro había desaparecido en parte, la oxidada persiana prefería mantenerse en medio de aquella composición clasicista y simétrica, proporcional, de carpintería de madera y elementos tradicionales de cerrajería. ¿Qué secreto tan bien guardado debía seguir ocultando? 


La rodeamos, en busca de la mejor forma de acceder a su interior, contemplando aquellas fachadas compuestas de zócalos y molduras, de restos de pinturas rosáceas y de tejas ruinosas. Y lo logramos, de la mano de su propia historia: según relatan los vecinos, esta deteriorada estructura, abandonada a su suerte desde hace décadas, fue bombardeada durante la Guerra Civil pues, al parecer, los mandos militares nacionalistas pensaron que, en ella, se encontraba escondido uno de los presidentes del Gobierno durante la Segunda República. De hecho, y a pesar de que la crónica ha confirmado que no fue exactamente aquí donde decidiese alojarse el presidente, esa fue la razón por la cual la pedanía fue bombardeada... A ritmo de dudosa sexualidad, lujuria y fornidos encuentros en las lascivas noches alicantinas, capaces de cambiar el nombre original de la propiedad por un desagradable mote. 


Tan sólo el patio nos permitió el acceso a un lugar que, desde el principio, inspiró en nosotros la mayor de las desconfianzas... Demasiada leyenda oscura o demasiada realidad de una guerra que dejó cientos de miles de cadáveres inocentes en ambos bandos. Mirar al cielo y observar la oscuridad no ayudaba en exceso, ni tampoco todos aquellos ruidos que seguramente se debían al desprendimiento de las roídas vigas de madera. Sin embargo, nos sentíamos en la necesidad de caminar despacio, sintiendo el suelo bajo nuestros pies, posando un pie por delante de otro, mientras deformadas estancias se abrían ante nosotros... Y cientos de palomas sobrevolaban nuestras cabezas, reticentes y observadoras.


De forma incongruente, seguimos caminando, girando la espalda ante ruidos inexplicables y observando la decadencia a nuestro alrededor... Siendo testigos de los efectos de una guerra que, si bien es cierto que no alcanzó su objetivo sobre el presidente, provocó diversos destrozos y alguna que otra víctima civil. La II República se ahogaba, y casi podíamos sentirlo tras aquellos muros que, desde su construcción, pocas modificaciones habían sufrido. En ese ahogo también se encontraban los suspiros y llantos de todos aquellos que perdieron a sus seres queridos en medio de un conflicto armado... O por enfermedad, o por hambre... La nostalgia y la angustia de aquellos que lo vivieron en sus propias carnes seguía presente.


Desde la puerta principal, una escalinata en semicírculo daba acceso a la planta superior. Lucía prácticamente destruida, por el paso del tiempo y por los restos de la guerra. Sin embargo, y en algunos tramos, la balaustrada se mantenía intacta, blanquecina... De tal modo que las volutas superiores e inferiores parecían observarnos detenidamente, como los extraños que éramos. El viento se colaba por entre las vigas, generando sonidos aterradores mientras montones de palomas... ¡Cientos! Nos observaban detenidamente... Lo que sucedió después puede resumirse en las siguientes líneas: 

(...) Dos muros vedaban el acceso principal... Como si se hubiese querido impedir que algo o alguien fuese incapaz de atravesar el hormigón y la roída persiana de aluminio (...). Seguramente, son todas esas historias... Todos esos chascarrillos y anécdotas los que deben quedar en la oscuridad, en el secreto que ofrecen unas paredes que no pueden hablar (...). Hoy en día yace abandonada a su suerte, silenciosa, fiel observadora de atardeceres y hogar inequívoco de docenas de palomas reticentes (...). Recorrer sus estancias a oscuras se convirtió en una experiencia extraña, repleta de sonidos inesperados y de movimientos premeditados: cada paso rompía la tranquilidad del ambiente y obligaba a mantenerse quieto, erguido y vigilante (...). Fue entonces cuando lo notamos... Todos lo notamos desde nuestra posición... Sí, justo en aquel momento, cuando la situación dio un giro de 180 grados... Cuando parecía que el techo se iba a desvanecer sobre nosotros... Cuando, en un momento dado, montones de palomas sobrevolaron mi cabeza... Y comenzaron a observarme... A mí o a algo que permanecía a mis espaldas (...)."



Observando a posteriori las fotografías fue posible detectar la presencia de algunos orbes flotando entre ellas... ¿Polvo en suspensión? Es posible, sólo que algunas de esas presencias carecen de una explicación lo suficientemente científica, por su situación o por el contexto. ¿Será cierto entonces que la Casa de la Lujuria esconde secretos inconfesables tras aquella oxidada persiana de aluminio? Sólo el atardecer tiene la respuesta...