lunes, 7 de mayo de 2012

Santuario de Santa María Magdalena

Ayer estuvimos en un lugar que hacía años que no visitaba, y qué verdad es que la acción del hombre es capaz de cambiarlo todo en menos que canta un gallo. En ese sentido, hay una cosa que teníamos clara: la tarde era ideal para fisgonear en los típicos lugares abandonados... Nubes y claros alternados con un calor bastante agradable constituyen una combinación genial para visitar lugares en una época como ésta, cuando el calorcito de Mayo ya nos pica hasta en la ropa. 

El destino, en principio, no estaba claro... Había una alta probabilidad de dejarse caer en el Sanatorio Antituberculoso de Sierra Espuña, pero eran las 19:00 de la tarde y llegaríamos allí pasadas las 20:00, todo ello sin contar que nos perdiéramos y lo poco que podría disfrutarse del lugar en oscuridad. Es por ello por lo que decidimos tomar una dirección totalmente contraria, por la A-31 dirección Madrid, con parada obligatoria en el Santuario de Santa María Magdalena, un lugar que muchas parejas escogen para casarse y bautizar a sus pequeños.


El acceso es un tanto complicado, y no porque antes lo fuera: parece que algunas calles han cambiado de dirección y los carteles que indicaban su localización no han sido modificados, por lo que puede dar lugar a confusiones. Sin embargo, no cuesta demasiado llegar hasta allí... Además, hacía escasamente unos minutos había tenido lugar una bonita boda en la que los novios disfrutaban de una maravillosa tarde soleada, a los cuales encontramos en el parking. Sin embargo, a partir de ese momento, el lugar era todo para nosotros y poca gente podría molestarnos mientras lo contemplábamos... 

Nos hallamos ante un edificio religioso construido a partir de un proyecto trazado por el ingeniero noveldense José Sala Sala, que realizó sus estudios en Cataluña. La edificación es de estilo modernista catalán, y guarda un enorme parecido con el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí (Barcelona). Tiene forma de jarro, simbolizando el jarro que la Santa llevó de bálsamo a Jesús, una forma original única en el mundo. 

Tras estacionar el coche en el aparcamiento perfectamente habilitado, el resto del camino es obligatorio realizarlo a pie. El ascenso se realiza atravesando un sendero rodeado de naturaleza que recorre un bonito merendero subterráneo y el famoso Castillo de la Mola, cerrado por la hora. La última vez que estuve allí, el castillo era muy diferente: la muralla en general se correspondía con la original y no había sufrido reformas significativas. En la actualidad, se impide el acceso a determinados rincones desde los cuales las vistas eran espectaculares... Ahora, sólo queda divisar, desde arriba, unas vistas alteradas por la acción humana que, aunque verdes, no se corresponden con lo que recuerdo. De hecho, las paleras están acabado con la flora y fauna autóctona para dejar el panorama convertido en un conjunto de cactus combinados con unos pinos enormes y centenarios. 
Una vez arriba, el edificio se alza, con su dulzura, ante los ojos de cualquier persona que se digne a contemplarlo. Su construcción, comenzada en 1918, necesitó de tres fases (una de ellas de paralización), para dar por terminada la obra en 1946. En la fachada principal destacan dos torres laterales de 25 m. de altura culminadas por una cruz pétrea, que también se halla en la cúpula y sobre los arcos superiores de la fachada. 


Los motivos decorativos tienen antecedentes en los estilos medievales, barrocos y en la propia naturaleza. Estas influencias llevaron al autor a combinar guijarros del río Vinalopó, azulejos policromados, ladrillos rojizos, mampostería, etc., que se reflejan por todo el exterior del edificio, todo ello combinando a la perfección con la coloración arcillosa de la zona. De hecho, y aunque me parezca una 'aberración' entre comillas, me sorprende que la gente utilice los exteriores de la construcción como si de La Casa de las Conchas (Salamanca) se tratase: cada una de las personas que han sanado de una enfermedad o que han pasado por allí; las parejas que han sellado su amor o los jóvenes que allí se enamoraron, han dejado su firma y fecha en los ladrillos de la cara exterior. Tuve la tentación de hacer lo mismo, pero preferí redimirme y no dañar el patrimonio histórico. 


Si seguimos girando alrededor del edificio podemos continuar descubriendo cosas geniales (además del hecho de que te persiga un gato negro y aparezca en todas tus fotos): un pozo, un gran reloj de sol o unas estatuas cedidas en 2006 con un maravilloso pasaje bíblico que vale la pena leer y contemplar. Y todo ello por no hablar de que el sendero sigue, y desciende hacia abajo durante varios kilómetros de naturaleza nada despreciables... De hecho, si hubiese llevado un mejor calzado, hubiese recorrido un tramo más.


No pudimos acceder al interior (creo que sólo se abre para celebraciones previamente concertadas) pero, según cuentan, está compuesto por una nave central rectangular con dos espacios laterales adosados; al fondo, en el ábside, se encuentra el camarín de Santa María Magdalena, patrona de del municipio, y detrás del altar se puede admirar un hermoso cuadro atribuido a Gastón Castelló. Me hubiese encantado contemplarlo, pero no pudo ser... 


Si estáis por las cercanías, os invito a pasar un rato por el santuario... Vale la pena visitarlo; ya no sólo por la paz que allí arriba se respira, sino porque tenemos un edificio muy conexo a la Sagrada Familia de Gaudí (Barcelona) al alcance de nuestras miradas.

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