miércoles, 4 de julio de 2012

El Valle de los Caídos (San Lorenzo de El Escorial, Madrid)

De camino a la provincia de Ávila, varias fueron las paradas que realizamos: áreas de servicio, llenar el depósito de gasolina, comer, pisar lugares que nunca antes pisamos... De hecho, esta última opción es la más valiosa: bajar del coche y respirar un ambiente por primera vez hace que uno se sienta el descubridor de la octava maravilla del mundo, ¿a quién no le ha pasado? Es como ser Cristóbal Colón el día en el que pisó América por vez primera... Unas 5 horas y media separan Alicante de Ávila, pero si uno decide meterse en el corazón de Madrid, la cosa puede extenderse considerablemente ¿sí o no? Sobre todo en plenas Navidades, entre semana y en horas punta. He de reconocer que nunca había estado en Madrid: mucho había oído hablar de sus museos, del Retiro o de las Torres KIO, pero no había tenido contacto directo con ninguno... La idea me apasionaba. ¿Por qué no? Madrid tenía que ser especial, ya no sólo porque las autovías pasan por en medio de la ciudad, sino porque todo parece sobre-dimensionado. 


Lógicamente, disfrutamos de las largas distancias, de los 'y tantos' carriles de sus carreteras, de los adelantamientos indebidos, de supuestas las cámaras de la DGT y de su polución. Y digo 'disfrutamos' porque realmente fue así... La mayoría de los caracteres específicos de Madrid los vi de pasada, pero con las ventanillas abiertas, sintiendo el frío en la piel y cantando a pleno pulmón mientras dejábamos atrás los carteles de dirección. Sin embargo, nuestros planes iniciales se 'truncaron' positivamente cuando estábamos ante el desvío hacía el Valle de los Caídos. La idea de visitarlo se encontraba totalmente fuera de planes por lo que, en un principio, lo pasamos de largo, mientras observábamos, a lo lejos, la Cruz de los Caídos, con la nostalgia propia de aquél que deja su tierra atrás para no volver. 


De pronto, ambos tuvimos la misma idea: un cambio en el sentido de la marcha,  no podíamos dejar pasar la oportunidad  que nos brindaba la vida para visitar un monumento de carácter histórico de estas características. Si bien es cierto mi ideología no me permitiría pasear por sus interiores, hice ademán de sentir sólo lo histórico y la belleza del lugar y me dejé llevar hasta lo alto de esa montaña en San Lorenzo de El Escorial (Madrid), donde se halla la basílica abierta al culto, prohibiéndose por completo las visitas turísticas. Desde el acceso al recinto, una carretera lleva al pie del monumento de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, desembocando en una gran explanada


Por cada metro que ascendíamos, el silencio era mayor... Tan mayor como el frío o la pureza del aire respirado. Nuestros ojos sólo alcanzaban a ver más que naturaleza perfectamente cuidada y las distintas tonalidades de verde del ambiente: pinos, robles, algunos olmos y, entre los arbustos, jaras, romero y tomilloA medio camino entre la entrada y la explanada, nos topamos con cuatro grandes monolitos cilíndricos, de granito, de un tamaño bestial y que reciben el nombre de "Juanelos." Tras estacionar el coche el aparcamiento que allí tienen habilitado, pudimos observar con tan sólo alzar la vista la más alta cruz cristiana del mundo, con 108 metros de altura visible a más de 40 kilómetros de distancia. .


Podía accederse a la base de la cruz por medio de un funicular. La altura total de la cruz es de 150 metros, y sus brazos miden 46, sin contar sus dos basamentos. A 25 metros de altura, en el primer basamento, se encuentran las esculturas de los cuatro evangelistas y sus símbolos (Juan y el Águila, Lucas y el Toro, Marcos y el León y Mateo y el Hombre Alado), mientras en el segundo, a 42 metros de altura, se representan las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Ese día, no pudimos acceder al funicular, puesto que las personas encargadas de ello nos informaron de que había obras en la base y que no estaba permitido el acceso. 




Una vez en la explanada, el aire respirado es de una pureza inmesurable, como ya hemos dicho antes. Si retrocedemos décadas y décadas en el tiempo, podemos comprobar que nos hallamos ante monumento construido entre 1940 y 1958 que se encuentra a 9,5 km al norte del Monasterio de El Escorial, en la Sierra de Guadarrama, sobre el paraje del valle de Cuelgamuros. En su diseño participaron los arquitectos Pedro Muguruza y Diego Méndez, y el conjunto pertenece al Patrimonio Nacional desde 1957, año de su apertura al público. Francisco Franco ordenó su construcción, y está enterrado allí junto con José Antonio Primo de Rivera, fundador del partido Falange Española, así como con otros 33.872 combatientes de ambos bandos en la Guerra Civil, nacionales y republicanos. Según el decreto fundacional de 1 de Abril de 1940, el monumento y la basílica se construyeron para perpetuar la memoria de los caídos de la Guerra Civil Española aunque, posteriormente, los objetivos fundacionales del monumento se orientaron hacia una visión más reconciliadora, centrándose más en el plano religioso y espiritual.



Desde esas maravillosas alturas, lo primero que vemos es cómo, en la explanada, se encuentra la entrada a la cripta (o basílica) de 262 metros de longitud. Se excavaron 200.000 metros cúbicos de roca para su construcción, un trabajo verdaderamente polémico por el personal utilizado para su construcción: miles y miles de presos republicanos que redimían parte de la condena impuesta por sus contrapuestas ideologías. Si hacemos un poco de memoria, hasta hace varios años, cada 20 de noviembre (20-N, fecha de la muerte de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco, además de tratarse de las últimas Elecciones Generales), el Valle de los Caídos se convertía en punto de reunión para ultraderechistas seguidores del franquismo, y para seguidores de la Falange. A continuación, vemos un Escudo de los Reyes Católicos, perfectamente labrado en el granito: 


Tras un breve recorrido por la explanada y la toma de fotografías de los jardines desde ese ángulo, no tardamos en acercarnos a la basílica, con la primera intención de resguardarnos del frío tan característico de este lugar. En esa época del año, algunos andamios asolaban en lugar (mantenimiento, supongo), por lo que fue necesario dar algún rodeo que, finalmente, valió la pena, ya que conseguimos tomar algunas fotografías como la que os presento a continuación... Algo me decía que el ambiente vivido al cruzar el umbral podría ser gótico, claro reflejo de dolor y tristeza. Las bóvedas cruzadas aportan esa información a pesar de los colores claros en la decoración... La blancura en lo alto de una montaña refleja la luz solar, para reducir la sensación de frío, al menos visualmente. 


No poseo ninguna fotografía del interior (a día de hoy, está prohibida la toma de fotografías bajo techo) pero, en términos generales, os cuento que su puerta de entrada, construida en bronce, contiene una representación de los 15 misterios del Rosario y un apostolado, además de dos arcángeles del atrio. Tras un pequeño registro por la seguridad del recinto, comentar que, en la reja que da paso a la nave, se hallan representados cuarenta santos y está rematada en el centro con la figura del Apóstol Santiago, patrono de España. Las expresiones de cada una de las figuras son tan góticas... Sus rostros reflejan dolor, lágrimas y una historia muy triste a sus espaldas: la historia de la lucha, cada uno a su peculiar manera. Algunas inscripciones en placas corroboran esta sensación. 


He de decir que la oscuridad es un aspecto muy importante a destacar: recuerdo que casi fue necesario acostumbrar la vista al ambiente, tan lóbrego y tétrico como lo imaginaba. Reconozco que es necesario potenciar esa sensación, que irradia respeto a la hora de realizar cualquier tipo de visita, turística o no, a un lugar dónde yacen miles de personas de ideologías contrapuestas. Los arcángeles que dan la bienvenida son imponentes, como extraídos de una pesadilla común en la mente de un niño... Su altura es demoledora, y parece que van a cobrar vida en cualquier momento. No tengo fotografías, pero la imagen ha quedado grabada en mi mente de por vida, al igual que la la figura del Descendimiento que se encuentra justo arriba del primer acceso a la cripta, en el exterior. Su tamaño es tan descomunal como el de las estatuas interiores, todas ellas sin rostro... O, lo que es lo mismo, el rostro de la muerte. 


Cuentan las habladurías que la finalidad de esas estatuas (los arcángeles o ángeles custodios) no es otra que la de velar por los que allí yacen... O, en otras palabras, para evitar que los muertos escapen de su particular mundo y regresen al nuestro. Aunque ahora la sensación no sea la misma, puedo asegurar que, si alguien os relata algo así en ese ambiente, los escalofríos pueden recorrer el cuerpo del más fuerte, sobre todo si uno se deja llevar por la percepción de que las estatuas, aún sin rostro, son capaces de observar tus pasos. 


En su interior, la nave está dividida en cuatro tramos, y podemos divisar alguno de ellos en la panorámica exterior de arriba. Si seguimos el recorrido, encontramos en ella seis capillas y, en los murales, ocho tapices flamencos realizados en el siglo XVI, aunque los que hoy vemos son copia del siglo XX, teniendo como tema iconográfico el Apocalipsis de San Juan. El colorido de los mismos ejerce un contraste nada despreciable con el resto de la 'decoración', sobria y elegante... Además, conviene señalar que, como está excavado en alta montaña, las goteras son el pan de cada día, sobre todo en invierno, con el riesgo de lluvias y nevadas. 



El altar mayor es de una pieza de granito pulimentado. Cuenta con dos relieves de hierro dorado forjados que representan el Santo Entierro y la Sagrada Cena, y sobre el altar, se encuentra una cruz de madera de enebro con un Jesucristo. Tras él se encuentra la tumba de Francisco Franco y, frente a ella, la de José Antonio Primo de Rivera, encuadrados por cuatro arcángeles de bronce, que aportan una sensación igual a la de los de la entrada principal. Sobre el altar mayor se halla una cúpula de 42 metros de altura y 40 de diámetro, decorada con un bonito mosaico de diversos colores. En la cabecera del crucero está el coro, con sitiales en madera labrada, mientras en los laterales hay dos capillas con buena parte de los restos de las más de 40.000 personas que hay en la basílica, caídos en los frentes de la Guerra Civil, siendo aproximadamente la mitad de cada bando. Recuerdo no haber podido dar más de cinco pasos en el interior de esas capillas: considero que se siente uno observado desde el primer momento, como si estuviese metiendo las narices en el lugar equivocado. Impresionante. 


Una vez recorridos los interiores, procedimos a visitar sus jardines, que se expanden alrededor de la basílica y en los bajos de la misma. El verde se aloja hasta en los lugares más recónditos: paseos, fuentes, bancos, árboles, arbustos, musgo, flores... De todo un poco donde lo más abundante son los pinos, que cubren los suelos de 'bellotas' (como aquí se las conoce) y de esas hojas tan finas y puntiagudas que nos dan tanta alergia. 




Cansados de pasar frío, regresamos al coche... Teníamos la intención de visitar, aunque fuese desde fuera, la Abadía Benedictina que se encuentra en la cara opuesta, dentro del mismo recinto. Levantada sobre una explanada, está compuesta de dos edificios principales: uno, el más cercano a la Cruz de los Caídos, es la Abadía Benedictina propiamente dicha; el más alejado es una hospedería turística regentada por los monjes. En términos generales, el uso de la primera está orientado a actos religiosos y culturales, mientras en la hospedería rigen las normas de la abadía. 


El conjunto mide, en total, 300 metros de largo por 150 de ancho, y está flanqueado por las boscosas laderas de la montaña. No pudimos ver su interior, pero sí pasear por sus corredores, dado que no estaba demasiado concurrido para ser una mañana navideña. Sus bóvedas, decoradas al más puro estilo benedictino, nos regalan vistas como ésta, mientras desde sus balcones pueden contemplarse sus hermosos y cuidados jardines, de un verde casi desconocido para mí. El paseo puede resultar verdaderamente romántico, por contra de lo tétrico de la cara opuesta, donde todo lo que se respira es tristeza y amargura. Aunque las tonalidades también son blancas y pulcras, la sensación que se respira es muy diferente... Hay verdadera tranquilidad. 



Decir que, junto a la abadía, se encuentra el cementerio de los monjes benedictinos, cuya visita requiere el permiso de los monjes. Es la Orden de San Benito y no otra la que se hace cargo de la abadía debido a una decisión personal de Francisco Franco, siendo su primer abad el benedictino burgalés Fray Justo Pérez de Urbel. Conviene apuntar que, además, la basílica y la abadía están comunicadas a través de un acceso privado que cuenta con una gran puerta monumental de bronce.


Tras corretear a lo largo y ancho de los jardines, escondiéndonos tras los arbustos mientras contemplábamos lo altiva que se alza la cruz desde esas vistas, tomamos la decisión de marchar... Aún quedaba mucho camino por recorrer. Antes, comimos allí mismo, en el coche, resguardados del frío, algo que habíamos traído, todo ello antes de proseguir la marcha... 



La visita vale la pena... No sabemos la de rincones maravillosos con los que contamos en España. Tampoco sabemos lo que nos perdemos cada día, todo ese tiempo que no sabemos valorar y que, después, echamos de menos a cada momento... Va por ti. 

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