viernes, 3 de mayo de 2013

Lavadero de Roberto - Nave de la Familia Maestre (Cartagena, Murcia)

Por petición expresa de la persona que nos 'llevó' hasta este lugar, no daré demasiadas indicaciones sobre su ubicación, con la única finalidad de evitar los actos vandálicos que nosotros, como exploradores urbanos, encontramos cuando nos creemos los primeros en descubrir su existencia. Sólo puedo indicaros que se trata de uno de los edificios adheridos al Lavadero de Roberto, parte relevante del patrimonio minero del conjunto de la sierra de Cartagena-La Unión y culpable de uno de los desastres naturales más importantes que afectarán, de por vida, a la romana Portus Magnus.


El recorrido fue verdaderamente largo, pues la localidad donde se ubica el conjunto es costera y la carretera que te lleva hasta allí es bastante sinuosa (cosa que sabemos bien los que hemos estado). Sin embargo, tan lento viaje vale la pena sólo por contemplar la cantidad de construcciones y fábricas abandonadas donde pasar una tarde agradable echando fotos. Muros, chimeneas y maquinaria se distribuyen casi por acuerdo a lo largo de una carretera de no más de 8 kilómetros. 


Dejamos el coche allí mismo, mientras decidíamos a cuál de todas las naves anexas podíamos dirigirnos... El tiempo siempre juega en nuestra contra, y había que elegir. A pesar de no poseer demasiada información acerca de su historia, nos decantamos por una de las altas chimeneas pertenecientes a un complejo que, como su propio nombre indica, tenía la misión de lavar el mineral, para eliminar las impurezas. Situado a las afueras del casco urbano, fue puesto en funcionamiento en el año 1957 y llegó a ser, en su modalidad, el más grande de Europa. Con el transcurso del tiempo ha sufrido numerosas modificaciones, constituyendo una de las más importantes la de emplear el agua del mar en todo el proceso de tratamiento del mineral, para lo que se instaló una estación de bombeo en la misma playa, con todas las consecuencias que ello conllevaba. En 1966 se amplió la capacidad del lavadero y, por tanto, los vertidos al mar, que no cesarían hasta la década de los '80-'90, habiéndose producido, para entonces, uno de los mayores desastres ecológicos de la costa mediterránea.


No tardamos en colarnos por una de sus naves, en concreto, aquella situada en la parte más alta, dedicada a las fundiciones de plomo que, antaño, existieron en esta localidad: la nave perteneciente a la Familia Maestre y que, posteriormente adquirió la SMM de Peñarroya. La valla ya contenía una enorme abertura y no era necesario hacer un gran esfuerzo para proponerse ascender todas esas escaleras por las que, cada día y durante casi 40 años, ascendían un centenar de trabajadores a realizar su labor. Su inclinada posición lo convierten en una ardua tarea, que no desagradable, pues cada escalón regala unas mejores vistas de una bahía vacía, en la que apenas se divisan personas.


Por su parte, el Lavadero constaba de cuatro grandes naves, cada una con una función concreta. El mineral, tras pasar por la machacadora, se transportaba al lavadero por una cinta que lo descargaba a un molino. Aquí, se trituraba y, ya molido, pasaba una zona de clasificación, que devolvía al molino lo que no se había triturado bien, completándose el proceso en la primera nave.


En la segunda nave, pasaba el resto del producto a unas celdas, donde se le daba un tratamiento de cianuro y santato, produciéndose aquí la flotación del mineral de plomo. Después, pasaba a una zona llamada acondicionador, donde se volvía a tratar, esta vez con sulfato de cobre y santato, haciendo flotar ahora el mineral de zinc. Por último, en otro acondicionador, se conseguía la flotación de la pirita.


En la tercera nave se localizaban tres bombas que elevaban los estériles hasta una cañería, que los llevaba al mar. En la cuarta nave, se ubicaban dos tanques, uno de plomo y otro de blenda. Cada tanque tenía una bomba con la misión de transportar el mineral a la fundición. Además de estas naves, el recinto contaba también con un taller mecánico.


Previamente, y antes de introducirnos en el interior de la Nave de la Familia Maestre para descubrir sus encantos, ascendimos todas y cada una de sus escaleras, sorteando niveles y arbustos, divisando la gran cantidad de minerales dispersos por todas partes y de caprichosa manera. Desde arriba, las vistas del pueblo son increíbles: el agua del mar, la solitaria playa y el conjunto de naves proporcionan al turista unas imágenes geniales.


Desde arriba, uno puede divisar ya no sólo viejos minerales expoliados... También el camino que conducía hacia el Túnel 'José Maestre', donde todavía existe gran cantidad del material ferroviario que se utilizaba en la extracción de mineral para abastecimiento del lavadero. Construido en Julio 1957 por la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya, ésta explotó, entre otras, las canteras a cielo abierto de la Mina Emilia, con todas las consecuencias que ello conllevó para el paraje natural.


Su aspecto tétrico y solitario, donde el óxido cobra el protagonismo, envuelve el lugar en un halo de misterio... ¿Cuántos trabajadores no habrán vagado de aquí para allá en sus años de actividad? El tiempo ha pasado, pero sus huellas continúan impregnando el ambiente.


Decidimos descender... Y, a pesar de que todas sus puertas están cerradas, es posible acceder a la nave a través de un ventanal, que se encuentra a la altura de los escalones (¿una posible Salida de Emergencia?). Si bien es cierto que poco sabemos de este edificio, la primera impresión nos corrobora nuestras afirmaciones: posiblemente, se tratase de un primer paso entre la mina y el lavadero, puesto que un sinfín de cintas transportadoras cubren cada rincón, pudiendo ser que éstas trasladasen el material desde el túnel situado a lo alto hasta un silo, ubicado al otro extremo.


El lugar, (por cierto) bastante peligroso, resulta apasionante. A pesar de que las barandillas han sido derribadas y hay que moverse con sumo cuidado, las imágenes son perfectas: antigua maquinaria, tablones y suelos de madera, techos derruidos, óxido, podredumbre... El olor a cerrado y polvo invade el ambiente... Increíble que este sitio haya sido tan poco vandalizado.


Descendimos las escaleras que nos lo permitían... Y avanzamos evitando la peligrosidad. De hecho, al final de las cintas transportadoras, encontramos el silo, el cual otorga esa forma tan peculiar al frente de la fábrica. Una vieja y oxidada escalera de hierro lo rodeaba, en deplorables condiciones y que no permitía avanzar... Su techo, en pésimo estado, ha cedido casi por completo, y la luz del sol se cuela sin precedentes... Ahora, esta nave es de su propiedad... Suya y de la naturaleza que la rodea, y no piensan abandonarla.


Han pasado 25 años desde que la empresa de Peñarroya echó el cierre y, desde entonces, nadie ha respondido acerca de las miles de toneladas de vertidos tóxicos que acabaron en el mar... No descendimos a la bahía, tampoco había demasiado tiempo, pero la magnitud del desastre es de lo más evidente: afectó a la fauna marina de una forma irreparable y, con ello, a los grupos de pescadores cuyo único recurso era éste después de la minería. Poco se sabe de los distintos planes de recalificación del suelo y recuperación de la bahía, de los cuales se ha hablado mucho desde los '90 y poca repercusión han tenido. Los carteles que recubren el pueblo tienen, para todo aquel que lo lea, tan sólo un carácter simbólico.


Era la hora de marchar... De dejar atrás un lugar con muchos más rincones por descubrir... Pero con la promesa de regresar. 

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