sábado, 6 de septiembre de 2014

Industrias Cerdá - Silencio y Soledad (por Santi B.)

"Un Cementerio de Ilusiones"

Así es como califica nuestro amigo Santi B. el lugar donde hoy quiero trasladaros. Esta visita no la he realizado yo... Tampoco las fotografías, pero este buen samaritano ha querido cedernos el material para, si no presencial, poder realizar una visita virtual a todos los efectos, llena de magia y misterio. Ese lugar es Industrias Cerdá SA, cuyas dependencias se encuentran hoy en día totalmente cerradas y con las ventanas tapiadas. Esta empresa, dedicada a la fabricación de mobiliario y la cual echó el cierre hace más de 10 años, es un claro reflejo del pasado industrial de este pequeño municipio del interior de la provincia y que cuenta con un curioso patrimonio arquitectónico: capillas, iglesias, ermitas y hasta un castillo, pudiendo destacar el Túnel del Sumidor. 


Y, por supuesto, también es un ejemplo de la crisis: Industrias Cerdá es una de las tantas mil empresas devoradas por el olvido, obligadas a ser eliminadas por tan terrible situación, afectando a cientos de personas... Porque cada trabajador no es sólo él: es una esposa, unos hijos, unos padres y, en definitiva, una familia. Por este motivo, Santi B. ha decidido ilustrar esta excursión con un relato que escribió hace tiempo... Una denuncia perfecta en la que relata su propia historia. Originariamente escrito en valenciano, las siguientes líneas han sido traducidas por él mismo para que podáis disfrutar de lo que ha bautizado como "Silencio y Soledad": 


Quique y yo, teníamos una cosa en común. Los dos habíamos nacido el 4 de octubre de 1974 en el Antiguo Hospital de Xàtiva. Él de una familia de Vallada y yo hijo de de Montesa. Catorce años después, en plena adolescencia, volvíamos a coincidir en Xàtiva, pero esta vez el Instituto de Formación Profesional, en la rama de auxiliar administrativo. Nos caímos bien desde el primer día, y nos sentábamos juntos en las clases. Aquel día de primeros de marzo, la maestra de prácticas de oficina nos había mandado para el día siguiente hacer un trabajo en el que teníamos que explicar las diferentes herramientas y materiales de oficina, así como sus utilidades. Era un trabajo muy sencillo, pudiéndolo terminar a la hora del patio al día siguiente, ya que nosotros éramos amigos de calentarnos poco la cabeza e improvisar sobre el terreno. Aun así, era la excusa perfecta para que yo fuera a comer a su casa, y a los dos nos hacía mucha ilusión romper la monotonía diaria.


A las 11:50 teníamos diez minutos de descanso entre clases, tiempo que nosotros aprovechamos para telefonear a las respectivas casas, yo avisando que no iba a comer, y Quique para decir que pusieran un plato más a mesa. Para regresar después a  Montesa, Quique me dijo que no me preocupara por nada, ya que su padre trabajaba en Industrias Cerdá: allí trabajaba gente de Montesa, y no tendría problemas a la hora de volver a casa.


A las dos del medio día acabábamos las clases, subimos al autobús de los estudiantes, llegando a Vallada alrededor de las tres, después de haber pasado por Canals y Montesa a dejar más alumnos. Teníamos hasta las siete, que era cuando acababan la jornada en la fábrica. La madre de Quique, una mujer bajita y regordeta pero muy alegre y dinámica, nos había preparado lo que más gusta a los adolescentes: patatas fritas con huevos y carne. La mujer se alegraba mucho de conocer al montesino que nació el mismo día que su hijo. Mientras comíamos, me hacía preguntas por mis padres, si tenía más hermanos... Lo que suelen preguntar las madres de los compañeros de estudios. Una vez que habíamos dada buena cuenta de la comida, nos recluimos en la habitación de Quique, con la finalidad de acabar el trabajo con cuatro esquemas y acabar cuanto antes mejor. Iríamos a dar un paseo por el pueblo, después a recoger en la escuela  a un amigo de Quique que repetía octavo de EGB y al hermano de Quique, que era dos años más pequeño.


En  la calle de abajo encontramos un chico que descargaba armazones y respaldos de sillas y unos rollos de tira de plástico de colores a la puerta de una casa. Quique le saludó amistosamente y pasó a contarle el motivo de mi presencia en Vallada. Se abrió la puerta de la casa y apareció una mujer de unos cuarenta y tantos años, al tiempo que Quique y yo nos despedimos del chico que iba a dejarle la tarea a la dueña de casa.


Mi amigo tenía un carácter muy  abierto y extrovertido, pero tenía un defecto: era muy orgulloso y lo que era de él  era mejor que lo de los demás. Pasó a contarme que su pequeño pueblo era muy próspero, un pueblo donde no existía el paro. Las fábricas de muebles de caña tenían mucho trabajo; además, existían muchos artesanos que trabajaban por cuenta propia y les iba mucho bien. La gran mayoría de las mujeres, al igual como la madre de Quique, trabajaban en casa haciendo cestas de mimbre o, como la que acabábamos de ver, haciendo sillas y mesas forradas de tira de plástico, -muebles de terraza- para las dos grandes industrias del pueblo: la de Cerdá y la de la Industria del Mimbre. La fábrica de Cerdá, donde su padre trabajaba de encargado de sección, daba trabajo a 230 trabajadores, de los cuales dos eran de Montesa, algunos de Moixent y la gran mayoría  eran de Vallada.


Yo le repliqué que Montesa, aunque  era un pueblo mayoritariamente agrícola, un gran número de personas trabajaban en  Canals, en las fábricas textiles como Ferry, y en los curtidores de la piel, como Rodrigo Sancho o Impelsa. En esas empresas la gente hacía los turnos intensivos; por lo tanto, podían emplear unas horas al día, o bien por la mañana o por la tarde, a trabajarse sus tierras. Después, también estaban los que se dedicaban únicamente a la agricultura: recolectando naranja, plantando pimientos o fresones, además de hacer algún jornal por ahí si les salía la posibilidad. La discusión se terminó en seguida. Siempre se ha dicho que si uno no quiere, dos no discuten... Lo dejé estar, y la razón para él. 


Paseamos por el pueblo con la felicidad típica de la adolescencia, sin preocupaciones ni quebraderos de cabeza. Al girar una esquina, apareció un niño de unos ocho o nueve años que iba en bicicleta, y Quique le preguntó por qué no había ido a la escuela. El niño le contestó: "Es que me duele la cabeza", y continuó pedaleando frenéticamente mientras se alejaba por la calle. Quique al ver aquello, estalló en una risa mientras decía: "Le duele la cabeza para ir a la escuela y ahí le tienes, encima de la bicicleta." Yo callé y no dije nada, pero sí que pensé: "Estas son las consecuencias de una unidad familiar en la que trabajan el padre y la madre, dejando a los niños a cargo de  los abuelos, a los que a veces los niños les toman el pelo." Pero claro, para poder vivir hoy es necesario que trabajen marido y mujer... Por mi parte, mi madre dejó de trabajar cuando yo tenía tres años, y como era hijo único con el sueldo de mi padre de la fábrica textil y las tierras que tenía, vivíamos bien.


A las cinco de la tarde recogimos a su hermano Paco y a Gustavo, el otro chico. Paco y Gustavo querían ir a casa a merendar. Nosotros, como habíamos comido tarde, no teníamos hambre, pero decidimos que, en coger la merienda de Paco, pasaríamos a por Gustavo y los cuatro iríamos a jugar a fútbol. Gustavo no estaba en casa. Su madre nos dijo que había ido a llevarle la merienda a su padre, ya que esa tarde saldría más tarde del “taller" -que era como se conocían en Vallada a las fábricas de mimbre y caña-: había que acabar unos pedidos urgentes y debían quedarse a hacer más horas extras, aunque la jornada diaria eran ocho horas más dos extras todos los días.


Salimos corriendo y alcanzamos a Gustavo en la calle de arriba yendo a Cas Peris, que era como se llamaba el taller donde su padre trabajaba. Era una construcción en las afueras del pueblo de fachada ancha, como una casa a dos manos, planta baja y una altura. Entramos por una puerta corrediza que estaba abierta. Gustavo saludó al abuelo Peris y preguntó por su padre, al que vimos bajar del piso de arriba cargado con unos armazones de mimbre para hacer cestas. Le dio el bocadillo para merendar y nos fuimos.


En la parte de abajo podía entrar un camión por el corredor central hasta la mitad. Los baúles de mimbre y las cestas se amontonaban a los dos lados. Había una pequeña cabina de pintura en un rincón, junto a una sierra de cinta componían toda la maquinaría que allí había. En la parte de arriba estaba la oficina y el almacén para material. Era uno de los pequeños talleres de la localidad. En este, en especial, trabajaban siete personas contando a los dueños. Pasamos  el resto de la tarde jugando a fútbol en un solar que había en las calles nuevas. Alrededor de las seis y media de la tarde yo me fui a recoger mis cosas y a darle las gracias a la  madre de Quique por la comida, al tiempo que me despedía de ella y de Paco. 


Quique y yo, nos dirigimos a la fábrica de Cerdá. Esta no tenía nada que ver con la que había visto antes. Estaba ubicada en una calle a la entrada del pueblo. Una fila de naves se extendían  a lo largo de la calle de trescientos metros de longitud y, en los últimos cien metros, había naves a los dos lados. Desde la calle se oía el ruido que dentro había: el rumor de los sistemas de aspiración del serrín de las máquinas, el silbido constante de las sierras de cinta y de disco, además de un aparato de radio con el volumen bastante alto como para oírlo por encima del barullo que reinaba.


Entramos por una portezuela que permitía el acceso a los trabajadores a la nave de serrería, que era donde trabajaban el padre de mi amigo y mi convecino, que me llevaría de vuelta a casa. Quique entró con la libertad del quien entra al horno a comprar pan. Yo le precedía con cierto apocamiento, más que nada por si algún encargado superior a su padre nos llamaba la atención con respecto a que hacíamos allí dentro, pero mi amigo me dijo que no me preocupara, que allí le conocían casi todos y nadie nos diría nada. Localizamos primero a mi convecino apodado Picola, a quién ya había puesto sobre aviso el padre  de mi amigo de la situación. Después de saludarlo e intercambiar unas palabras, quedamos en vernos luego, ya que íbamos a saludar al padre de Quique y a dar un vistazo por allí.


El padre de Quique era muy amable y gracioso. Quique le dijo  que quería enseñarme un poco la fábrica. "Ahora iremos a ver a las tejedoras y verás que buenas están"-me dijo mi amigo con una sonrisa.  Atravesamos la nave de serrería y, en la siguiente, ya no había tanto alboroto: se escuchaba el repiquetear de las grapadoras de aire comprimido, dominando el ambiente la música que escuchaban en un radiocasete. Allí estaban las tejedoras en una esquina: una docena de mujeres de veintitantos años y algunas de treintaypocos. Mujeres de semblante avispado, de mirada sensual, cálida y misteriosa, de cuerpos de curvas sinuosas y seductoras, las cuales despertaban nuestra imaginación de adolescentes. Claro, que a esa edad, todas las mujeres jóvenes parecen diosas. Algunas de ellas estaban sentadas tejiendo mimbre y, otras, trajinaban arriba y abajo llevando asas de cestas o respaldos de caña. Las saludamos y Quique, con el desenfado que lo caracterizaba, les contaba el motivo de nuestra visita exagerando cómo habíamos estado de atareados  con los deberes. 


De súbito, un potente lamento se escuchó por doquier: era la sirena que anunciaba el fin de la jornada. Las sierras se detuvieron con un silbido ahogado, los sistemas de aspiración se detuvieron al tiempo que se desenchufaban los aparatos de radio, y un ir y venir  de gente comenzó a salir de las naves. Picola y yo subimos  a su coche. Pasarían algunos años hasta que yo volviera a Vallada...


Los estudios por mi parte quedaron inacabados y Quique, por su parte, sí que continuó, además de cobijarse en las sombras de la  política consiguiendo un buen lugar de trabajo. Pasaron los años y acabé casándome con una valladina, viviendo y trabajando en Vallada. En el año 2002, mi jefe le compró dos naves a Industrias Cerdá: una la del almacén de la caña y, la otra, la que hacía de cobertizo para la madera. Los hermanos Cerdá se separaron: Pepe había montado su empresa de colchones de importación, Ángel también se dedicaba a llevar sofás de China y mobiliario de oficina, así que Ramón tuvo que pagarles la parte proporcional que los correspondía, además del batacazo que había dado el mueble de caña en el mercado, dejaban a la empresa en una mala situación económica. Por ese tiempo la empresa, ya había comenzado a despedir gente, menguando bastante su plantilla, además de no hacer ya más horas extras.


Nosotros trabajábamos  en las dos últimas naves y siempre veíamos el ir y venir de la gente, aunque muy inferior al de hacía unos años atrás. En el verano de 2003, las cosas no iban muy bien: en el mes de agosto se iban de vacaciones y, en septiembre, ya se estudiaría la situación para despedir más gente o reducir la jornada. La mayoría salían con aire taciturno, como si un nubarrón negro de incertidumbre y duda enturbiaran el buen humor que debería reinar, presagio de la tormenta que se acercaba inminente.  En el mes de septiembre vinieron los lamentos: después de un mes sin facturar ni una pieza, la empresa  se declaró en bancarrota, además de no tener dinero para pagar despidos ni los dos meses que debía. Fue un duro golpe para la economía del pueblo: la gente intentó recolocarse como pudo, a excepción de los que se prejubilaron, y algunos que pasaron lo suyo después de agotar la prestación por desempleo y de no haber encontrado trabajo estable.


Las naves pasaron a manos de Bancaja, que era el banco con quien la empresa había contraído una deuda desorbitada. Con la perspectiva de que la empresa no iba a ser reflotada, el banco decidió vender la maquinaría y todo aquello que pudiera generarle algún beneficio. Un amigo mío tenía las claves de la fábrica, y aquel sábado de octubre de 2007, comenzaban a vaciar las naves. Almorzamos juntos, y un poco antes de las diez, hora en que debía venir el camión, nos dirigimos a dar un vistazo por la vieja fábrica.


Entramos por la parte de detrás. La vieja caldera de curvar caña, ennegrecida por el paso del tiempo y con las paredes agrietadas, tenía un aspecto siniestro al tiempo que lastimoso. De súbito, sonó el móvil de mi amigo y, como la conversación no era de mi incumbencia, con gestos le indiqué que iba a dar una vuelta. Los armazones empleados para curvar y dar forma a la caña estaban amontonados por series y modelos. En la siguiente nave, sumida en una semioscuridad, los tableros de aglomerado permanecían organizados por grosores. Cuando vi las máquinas de serrar me invadió cierta melancolía, al recordar la visita que hice hacía unos cuantos años con Quique: ahora ya no se escuchaba rumor de las aspiradoras de serrines ni la música en el aparato de radio. Las sierras permanecían en silencio, esperando el regreso de sus operarios, al igual como una madre espera el regreso de su hijo que ha ido a la guerra y intuye que éste no regresará. 


Entré al taller donde por encima del banco de las herramientas había algunas fuera de su lugar. Daba la impresión que la gente había acabado de trabajar el viernes, y que el lunes todos regresarían a sus puestos de trabajo, pero una capa de polvo que lo cubría todo y las telarañas que había en los rincones demostraban lo contrario. Al acercarme a la siguiente nave, se veía mucha luz... El techo parecía que había sufrido un bombardeo; lleno de agujeros y con muchas placas de uralita sueltas, había dejado entrar la lluvia  de hacía unos días, habiéndose formado algún pequeño charco en el suelo. El tejado, por el motivo que fuera en esa nave, era más flojo y fue víctima de la fuerte tormenta de granizo de septiembre de 2004. Las cabinas de pintura embalsadas con el agua de lluvia le daban un aspecto lamentable al conjunto. ¿Cuántos muebles habrían pasado por allí? La puerta de las oficinas estaba cerrada con clave y no pude entrar. Casi sin percatarme, había llegado al final de la fábrica, a la sección del almacén, donde aún había algún mueble embalado de algún pedido que nunca llegaría a su destino. 


La fábrica había tenido unos dueños que se negaron a enseñar a los chinos a trabajar la caña y la mimbre por miedo a que fuera la muerte del pueblo, al tiempo que dieron todos los derechos pertinentes a los trabajadores cuidando de ellos como si fueran parte de una gran familia. Una perfecta simbiosis en la que los trabajadores hacían, con su trabajo, prosperar la empresa, y esta les daba las ganancias necesarias para poder vivir ellos y sus familias. Una empresa que había sido el motor económico de la localidad y hoy era un cementerio donde yacían enterrados los sueños y las perspectivas de futuro de un pueblo.


Con el corazón oprimido por la melancolía volví sobre mis pasos a buscar a mi amigo...


Acaba de comenzar la primavera de 2009, pero los vientos de la incertidumbre y las nieblas de la frustración y el desconcierto han hecho que se instaure el crudo invierno. Pedaleando lentamente en mi bicicleta de montaña recorro la calle de la fábrica de Cerdá. Mi empresa ha sido arrastrada por el río turbulento de la actual crisis. Bajo un sol tibio y cálido, mi mente es un hervidor de pensamientos: la globalización, los avances tecnológicos, la crisis mundial, un país que ha vivido por encima de sus posibilidades endeudándose hasta las cejas, los incrementos desorbitados del precio de la vivienda, las subidas de tipo de interés del Euribor. Entre todo se ha hecho una mezcla que ha dejado medio moribunda a la madre economía, la cual está a punto de dejar huérfano el bienestar y el futuro de la sociedad. 


Mi mujer no cobra ninguna prestación y está en casa... Yo por ahora no encontraré trabajo, con dos niños pequeños que mantener... Una situación muy semejante a la de mucha gente. Por otro lado, pienso: "peor lo pasaron nuestros abuelos cuando la economía española estaba sumida en un letargo invernal a consecuencia de una guerra civil, y muchos de ellos se convirtieron en aves migratorias buscando una primavera de prosperidad y bienestar." Tan sólo me queda una alternativa incierta: escribir una novela ambientada en esa época y narrar la vida de mis abuelos, con la esperanza de que se publicará y de que no tenga que imitar a las golondrinas, huyendo del trágico invierno que se nos viene encima sin remisión.


Esperamos, sinceramente, que os haya gustado... Desde Excursiones para Normales, este es nuestro pequeño homenaje a todos aquellos que, como Santi B., han conocido y conocen de cerca la triste situación que está viviendo España. Por supuesto, esperamos algún día poder conocer de cerca las conocidas Industrias Cerdá, esas que gracias a nuestro amigo y a sus geniales fotografías hemos podido divisar. Sinceramente, gracias... 

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