viernes, 30 de enero de 2015

La Ermita Perversa

Después de un par de semanas intentando buscar localizaciones interesantes sin mucho éxito, el destino nos dirigió hasta un lugar terrorífico, cargado de energías de todo tipo y repleto de sonidos extraños: lo que hoy hemos bautizado como la Ermita Perversa nos hizo pasar una tarde-noche de lo más entretenido, y no sólo por el hecho de tener que sortear las cientos de palomas que habitan en sus rincones, sino por esa sensación tan incómoda que nos obligaba a mirar hacia atrás y a retroceder varios pasos ante diversos sucesos que os contaré a continuación. Fueron varias las personas las que me pusieron en alerta cuando me enviaron algunas de sus fotografías, pero no por ello iba a desistir de contaros nuestra experiencia en primera persona...


La Ermita Perversa, totalmente en ruinas, y algunas construcciones adosadas a la misma, son los únicos vestigios visibles de este viejo poblado, ubicado en un lugar remoto de la provincia alicantina y que, por desgracia, ha desaparecido. Cuando llegamos, la noche había caído por completo, y dadas las características del lugar, la contaminación lumínica era inexistente: con esas condiciones, una pequeña linterna sería nuestra mejor amiga, junto a los disparos de la cámara. Ni un sólo ruido era capaz de romper el silencio... Nada excepto nosotros, que caminábamos despacio para no perturbar el ambiente.


Situado en plena sierra a 5 km del municipio más cercano, nos hallamos ante un paraje de tierras de cultivo y plantaciones de palmeras completamente desaparecido, del que sólo queda el edificio que hoy visitamos. Su colonización fue llevada a cabo por un importante duque, quien ocupó una zona improductiva saneando tierras pantanosas mediante la construcción de acequias y azarbes, que permitieran su desecación. De los 80 vecinos de 1976 pronto se alcanzaron los 260, con una producción de trigo y maíz en abundancia, algo de cebada, aceite y todo género de hortalizas.


Las fotos que hoy os muestro no son de una gran calidad, ni mucho menos... Pero me sirven para ilustrar nuestra viviencia, la cual comenzó sin demasiadas pretensiones cuando el cielo estaba tan lleno de estrellas como la obra de Van Gogh. Este hecho nos ayudó a rodear la construcción poco a poco, dándonos cuenta de que era imposible entrar por ninguna de sus puertas... Todas ellas, roídas por el paso del tiempo, tenían su propio candado y, a pesar de que parte de ellas ya habían sido destrozadas, resultaba imposible colarse por los huecos que nos habían dejado...


Junto al porche, la sombra de una construcción situada en un promontorio nos llamó la atención. Nos acercamos y descubrimos los vestigios de un antiguo pozo, totalmente cerrado para evitar accidentes. Junto a él, una vieja pila todavía se conserva entera, sin restos de escombros ni basuras en su interior... Curioso, ¿verdad? Sólo las grietas y el moho pretenden hacerse con su monopolio, y todavía no lo han conseguido...


El porche de la casona anexa todavía se mantiene en pie, aunque a tientas: las gruesas paredes y los viejos techos de cáñamo podrían resistir un vendaval. Las pesadas vigas continúan insertas en su lugar, mientras el ladrillo vivo comienza a asomar, aunque tímido, por los rincones... Así, a priori, no quedaba mucho más por ver: un enorme muro construido con bloques de hormigón tapaba toda la visibilidad, y la escasa luz no ayudaba mucho. Con sumo cuidado y muchas ganas de continuar descubriendo, pocos minutos después conseguimos hallarnos frente a la puerta principal de la Ermita Perversa, totalmente abierta al público y cuyo única cobertura eran las estrellas:


Antes de entrar, echamos un vistazo al interior... Nuestra linterna no presumía de un estupendo alcance, así que bien podía haber habido un agujero hacia el inframundo y, ahora mismo, estar escribiéndoos desde ahí... ¡Y no es para menos! Sobre todo si tenemos en cuenta todo lo que allí vivimos. Para empezar, montones y montones de palomas se abalanzaron sobre nosotros una vez cruzamos el umbral: todas ellas, nerviosas, comenzaron dar vueltas en círculo sobre nosotros, volando de sus nidos y haciendo ese ruido suyo tan peculiar...


Rememorando su historia diremos que, tras numerosos conflictos y deterioros de la anterior capilla, en 1789 se fundó esta interesante iglesia, poniéndose la primera piedra el 29 de abril de 1791. Poco a poco, y frenados por una energía desconocida, nos introdujimos en sus entrañas... La negatividad podía percibirse desde un primer momento. Montones de sonidos extraños se entremezclaban con nuestros lentos pasos hasta desarrollar un miedo intrínseco a abrir la boca: teníamos miedo de hablar hasta el punto de pensar que alguien más podría estar allí, compartiendo estancia con nosotros sin haberse pronunciado...


Con un frío que helaba la sangre fuimos moviéndonos por su interior, observando las diferentes capillas y sus detalles... Ahora, sin figuras ni estatuas. Según cuenta la historia, en 1804, y a pesar de que las cosas no fueran bien, se adjudicaron las obras del retablo para el altar de la iglesia, pero poco más hemos podido averiguar. Lo primero que hicimos, por supuesto, fue colarnos en las distintas construcciones anexas, que previamente se nos habían resistido. Ubicadas a ambos lados del altar mayor, ambas permanecen completamente abiertas a los ojos de curiosos, expectantes de provocarnos algún que otro sobresalto:


La primera de ellas, a la derecha del altar, apestaba a humedad y rebosaba de suciedad. Justo al entrar, una estrecha abertura albergaba los restos de un viejo reclinatorio, construido con madera noble y tallados bastante interesantes. Justo al fondo, unas escaleras derruidas y una puerta entreabierta nos invitan a pasar a un escenario idóneo de una película de terror... Seguimos caminando por su interior hasta alcanzar una nueva puerta, divisando por el brillo que un peligroso y pesado hierro pendía del techo...


Fue entonces cuando dimos un respingo por la cantidad de objetos que cubrían el acceso hacia una determinada zona: una vieja puerta de madera maciza y algunos gruesos listones nos impedían el paso: ¿qué osaba ocultarse detrás de todo aquello? Fue entonces cuando empezamos a escuchar pasos a nuestras espaldas... ¿No estábamos solos? Retrocedimos un par de metros, asustados por el ruido... Pero detrás de nosotros no había nadie, salvo nuestras sombras y alguna paloma que se resistía a marcharse. Por ello, continuamos hasta preguntarnos en voz alta si es que acaso no querían que descubriésemos que había tras la zona cubierta... Un sonoro golpe nos sobresaltó... Y nos dimos por respondidos.


No tardamos en salir, hasta volver a alcanzar el altar mayor: los ruidos de pasos no dejaban de incrementarse y, debido a las condiciones lumínicas, tampoco estábamos en condiciones de averiguar si había alguien más entre nosotros. Sin embargo, ello no me impediría continuar tomando fotos de lo poco que queda de la ermita: arcos, columnas, capillas y algún que otro detalle más digno de valoración.


Justo al otro lado, el bloque anexo llama nuestra atención. Su tamaño, mucho más reducido, implica que pudiésemos ver su interior sin necesidad de colarnos (¿sería por el miedo?). Allí, los restos de una valla de balconada yacen abandonados a su suerte, mientras el techo de cáñamo ha caído varios metros desde su posición original. Fue entonces cuando empezamos a observar los detalles arquitectónicos y ornamentales que todavía se resistían al olvido, reflejo de la grandeza del templo:


Nos hallábamos, pues, ante un claro exponente del movimiento neoclásico, que a pesar de sus múltiples remodelaciones, esta obra de mampostería ordinaria y ladrillo común destaca por su planta de nave única y capillas entre los contrafuertes. A pesar de que hoy en día carece de cubierta, por el estilo se prevé que, en su día, era de bóveda de cañón, apoyada en los elementos de sostén  pilares, capiteles y entablamientos de orden meramente dórico: friso de triglifos y metopas, cornisa y tímpano arqueado.


A pesar de la oscuridad, caminábamos maravillados... Y aterrorizados: mientras paseábamos por las distintas capillas, los ruidos no dejaban de sucederse... Era como si una nube invisible nos invitara a marcharnos continuamente. En la primera capilla, existía una puerta que daba acceso a una vieja escalera, ahora ya inexistente: supondría el acceso al campanario y, probablemente al coro, pero no había nada que pudiera corroborarlo...


En menos de nada nos dimos cuenta que estábamos nuevamente en la puerta... Realizada en piedra, con dos cercos de sillares y repitiendo el estilo dórico del interior. ¿Qué nos estaba empujando a salir de allí? No quería abandonar sin antes tomar algunas fotografías utilizando el modo nocturno... Un intento un tanto patético teniendo en cuenta nuestra cámara: fotografías totalmente negras en la que apenas podía distinguirse si era una ermita o un campo abierto.


Sin embargo, y después de aplicar algunos filtros de color, el resultado fue el siguiente...


¿Qué significan esas formas de color diferente? ¿Es sólo un efecto óptico o algo más? Resulta evidente que la cámara no es de calidad, pero... ¿Alguien podría aclararnos qué significa eso? Sólo puedo decir que esa noche fue realmente aterradora, repleta de sensaciones y emociones de distinta índole... Eso y que esperamos repetir, pero en horario diurno, con la finalidad de captar todos esos detalles que ese día pasaron inadvertidos.


4 comentarios:

  1. Sería interesante hacer una visita a plena luz del día.

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    1. Poco después tuvimos la oportunidad de verla a pleno sol... Pudimos, desde la lejanía, comprobar sus detalles y dimensiones reales, pero no pudimos acceder. ¡Esperamos que te haya gustado, Santi!

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  2. Ahhhhh....que poor...veronica me he enganchao a tu bloog :) un saludo vicent de villajoyosa

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    1. ¡Nos encanta que te encante, Vicent! Sigue leyendo porque vas a encontrar cosas muy interesantes, :) ¡Saludos desde Elche!

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