jueves, 10 de septiembre de 2015

Sanatorio Antituberculoso de Torremanzanas - Las Verdaderas Fotografías

Hace más de tres años realizamos nuestra primera visita al Sanatorio Antituberculoso de Torremanzanas, el segundo lugar más famoso en la provincia relacionado con la tuberculosis tras el lúgubre Preventorio de Aigües. Sin embargo, poco después de nuestras fotos, la zona sufrió de un incendio veraniego, desastre que acabó por calcinar parte de sus alrededores y que hizo peligrar su supervivencia... De hecho, todo este tiempo hemos estado deseando volver a poner rumbo hacia sus exactos 965 metros de altitud... Hacia ese viejo sanatorio construido en 1926 por la comunidad religiosa Compadre Jesús. 


Por suerte o por desgracia, allí continúa... Solitario, rodeado de árboles, montañas y restos de incendio, viendo morir los años en el más absoluto silencio. Además, el complejo se encuentra totalmente vallado, seguramente, para evitar el riesgo de desprendimientos, rezando prohibiciones de acceso cada pocos metros y demostrando que el peligro ha aumentado notablemente. Poco a poco, los únicos detalles que albergaba han ido desapareciendo, reduciéndose a escombros, mezclándose con la misma naturaleza que le vio nacer.


Aquella zona rebosa tristeza... El sol no se atreve a colarse entre el paisaje: no aparece tímido entre los árboles ni tampoco asoma tras la montaña, lo que provoca un descenso notable de las temperaturas. Además, aquella tarde, la nubosidad incrementaba esa impresión, esa extraña sensación que provoca tan sólo con acercarse a unos pocos metros. De hecho, por un momento fui capaz de revivir viejos tiempos, en los que todavía sentía temor a lo desconocido... Aquellas misteriosas emociones capaces de insinuarme que aquél no podía ser mi lugar. 


Recordemos que nos hallamos ante un edificio que ha disfrutado de los usos más peculiares: albergue, colonia infantil de recreo, hospital infantil durante la Segunda República y hospital militar durante la Guerra Civil, hasta que el fin de la guerra lo vio convertido en sanatorio para tuberculosos (que no preventorio, son términos diferentes). Sus paredes, ahora totalmente abandonadas a su suerte, han sido testigo de dolores insoportables, de duras e innecesarias muertes... Y de mucha tristeza, lo que queda reflejado en ese silencio que cualquier mortal sólo se atrevería a romper acelerando su vehículo... Tratando de evitarlo cuanto antes. 


El edificio se dividía en dos plantas, con una superficie total de casi 100.000 metros cuadrados, entre el edificio principal y las instalaciones anexas, de las que actualmente hoy no queda nada. Por desgracia, ya desde fuera se puede comprobar que avanzar se convierte en tarea imposible desde la puerta principal: el suelo ha cedido por completo con motivo de las lluvias más recientes, mientras montones de zarzas repletas de espinas se han adueñado de todo el espacio disponible. ¡Zarzas! Espinosas zarzas que, curiosamente, crecen con total libertad en su interior, mientras fuera sólo las encontramos más repartidas. ¿A qué puede ser debido?


Desde la parte trasera, la imagen no puede ser más desoladora: no queda absolutamente nada reconocible... Ladrillos, vigas y maleza componen una mezcla heterogénea que combina casi a la perfección con la taquicardia que provoca recorrer sus restos. Por un momento, fui capaz de escuchar pasos tras de mí y, creyendo que alguien podía estar subiendo por el camino, traté de observar escondida tras uno de los viejos muros... Sin embargo, no había nadie más que nosotros y nuestra entrecortada respiración, mientras intentábamos no accidentarnos, más si cabía, con todas aquellas zarzas puntiagudas. 


La famosa habitación roja todavía puede identificarse, en lo que en su día fue la segunda planta. El pigmento, ahora casi granate, ya corroído por el paso del tiempo y por la humedad, no se resigna a desaparecer... Se alza fácilmente identificable, como convertido en un símbolo de identidad, recordando que nos hayamos ante un viejo recinto hospitalario que no podía prescindir de contar con una habitación destinada al revelado de radiografías. 


Las viejas escaleras ahora ya son un caso perdido: si en alguna ocasión, hace algunos años, se podía utilizar un par de peldaños para tomar fotografías desde las alturas, ahora resulta imposible. Ya no se trata sólo de que han desaparecido la mayoría de los escalones, sino que una enorme zarza ha crecido justo en medio, impidiendo el paso más allá de nuestros pies. Es en ese momento cuando uno se para a pensar, cuando decide reflexionar acerca del motivo por el cual esas peligrosas plantas, repletas de dulces moras negras como el tizón, abarcan todo el espacio disponible... Como si de una señal se tratase. 


Esa tarde recordé una historia que me contaron... Una historia totalmente real que hoy me apetece compartir con vosotros, aunque el escenario donde tuvo lugar no sea el mismo. De un modo un otro, mi cerebro lo asoció a estos momentos, en los cuales todas las historias de fantasmas parecían cobrar vida, entre soledad, ruidos sin explicación y corazones acelerados: 


"(...) Aquella noche, la pareja disfrutaba de una especial soledad... De esa sensación maravillosa que sólo el silencio podía aportarles (...). La pequeña de la familia por fin había cogido el sueño en su habitación, así que podían quedarse sentados en el porche, viendo pasar la vida, hasta altas horas de la madrugada (...). Desde allí, al fondo, las luces del pueblo más cercano parecían hallarse a cientos de kilómetros, otorgándole una sensación tan singular como tétrica (...). ¿Qué podía fallar aquella noche? ¿Qué podía suceder que pudiese quebrar esa magia? (...) De pronto, una niebla densa comenzó a cubrir el ambiente... Tan espesa que consiguió aturdir sus sentidos (...). Desconocen cuánto tiempo pasó, pero el hombre consiguió despertar de esa especie de trance... Alcanzó su motocicleta y la arrancó, con la intención de que la luz le devolviese la imagen de las luces del pueblo, que ahora con nerviosismo recordaba (...). Por desgracia, no consiguió nada... Era como si la luz de su moto hubiese perdido toda potencia, como si no fuese capaz de romper aquella especie de telón de acero que ahora se hallaba frente a ellos (...). Todavía cegados por la confusión y la sensación de debilidad, recayeron en la pequeña de la familia, aquella niña que se había dormido hacía tan sólo unos minutos o, quizá, varias horas (...). Y entraron corriendo... Y salieron con ella en brazos (...). Para ese momento, la niebla ya había desaparecido (...)."


Aquella tarde, nuestra expedición no había acabado... Todavía quedaba mucho por ver... ¡Sed pacientes! 

3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. ¡La de tiempo que hacía que no te leíamos! Bienvenido de nuevo a nuestro rincón, :)

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  2. Ya , ahora que lo de dices es cierto, pues esta muy bonito el el relato y me gusta mucho.saludos

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