miércoles, 4 de noviembre de 2015

Presa del Pantano de Elche - Las Verdaderas Fotografías

No hay nada más especial que visitar un lugar rodeado de agua mientras la lluvia baña tu rostro... Estoy segura de que, en algún momento de vuestras vidas, habéis sentido esa sensación: en la playa, en la montaña o, como nosotros, en la Presa del Pantano de Elche. Ese lugar tan especial, cargado de magnetismo, ha logrado atraernos durante toda la etapa estival, a lo largo de toda esa gran cantidad de bellos atardeceres que hemos conseguido captar desde sus alrededores... Con mayor o menor nubosidad, con mayor o menor tonalidad rosada... Pero cada cual más llamativo. De hecho, aquella mañana lluviosa despertó nuestra curiosidad el hecho de ver agua de cerca... Casi tocándola... Así que nuestro destino, nuevamente, estaba claro.


La noche anterior nos había sorprendido con lluvias inesperadas y, aquella mañana, el cielo había amanecido cubierto de nubes ansiosas de descarga. Por ello, y a pesar del barrizal que esperábamos encontrar, nos propusimos alcanzar la zona del embalse, trepando entre montañas con el sonido del agua como único acompañante. Por seguridad, dejamos el coche en un lugar fuera de peligros y sin barro, a pesar de que, más tarde, la lluvia nos sorprendería, ensuciando todo cuanto encontraba a su paso... Pero no nos importó en absoluto: lo mejor de aquella mañana fueron las imágenes que, para siempre, podríamos guardar en nuestro cajón de recuerdos.


Aquella mañana de domingo, apenas un par de senderistas no temerosos de la tormenta disfrutaban de un paseo matutino por los aledaños del pantano... El barro cubría nuestras piernas y nuestras intenciones, hasta tal punto que caminar por la zona se hizo bastante complicado... Nuestras zapatillas pesaban cada vez más y las escorrentías habían perjudicado seriamente el camino de acceso, regalando una imagen de catástrofe natural a la zona del antiguo merendero abandonado, ahora convertido en apenas paredes ruinosas.


Finalmente, alcanzamos por enésima vez aquella construcción que tanto amamos y que tan buenas tardes estivales nos ha dado este año. De puro estilo medieval, aquella presa de bóveda construida en dos tramos sobre un promontorio rocoso volvía a tomar protagonismo ante nuestros ojos: 22 metros de altura y 75 de anchura construidos en pleno Siglo XVII para albergar agua y más agua, generando un rincón maravilloso, digno de postal. Ubicada entre la Sierra de Elche y la Loma del Castellar, sobre el río Vinalopó, está considerada la primera presa en arco que se construyó en Europa desde la época romana, lo que la convierte, todavía más si cabe, en un conjunto histórico y representativo.


Los primeros truenos comenzaban a romper la paz de aquel momento, pero ello no frenó nuestras ganas de explorar... En lugar de acercarnos a la presa por el recorrido de siempre, utilizamos nuestro plan B, trepando por los promontorios que la rodean, jugándonos el tipo y la entereza de nuestra cámara. Si bien es cierto que la luz solar escaseaba, ello no impidió que avanzáramos a través de las escaleras excavadas en el terreno, esas que muy poca gente utiliza, inventando un recorrido totalmente nuevo para alcanzar nuestro objetivo: ver agua a escasos metros de nosotros.


A lo largo del paso de los años, esta estructura arquitectónica no ha estado exenta de polémicas. Si bien es cierto que ha sufrido de diversos problemas que han empeorado sus condiciones, está en trámite de ser declarado un Bien de Interés Cultural (BIC). Por desgracia, y a pesar de que parezca lo contrario, el viejo pantano hace aguas desde hace décadas: para empezar, toda esa agua vertida por coronación que nos regala una imagen tan idílica no se debe a otra cosa que al mal funcionamiento de los órganos de desagüe, por no hablar de las filtraciones, de la colmatación por sedimentos (que ya quedó visible en 1995) o su pésima estabilidad estructural.


Pese a todo ello, desde las alturas la imagen era espectacular... Las aguas descendían sin piedad desde la zona del embalse, rompiendo a gran velocidad contra las rocas de la base y demostrando, una vez más, que la lluvia había logrado su propósito de aumentar la cantidad de tan preciado bien que por aquella zona circulaba. ¡Era tan curioso ver el pantano desde ese ángulo! Tantas habían sido las veces que habíamos utilizado la ruta de siempre que parecía que como si fuésemos espectadores de la película de nuestras propias vidas, cuando utilizábamos las escaleras que ascienden junto a la corona o la pequeña puerta inserta en esa especie de muralla.


Seguimos poco a poco, aproximándonos hasta la zona del embalse, atraídos por un enorme grupo de patos que pasaban la mañana de lo más entretenidos, chapoteando e introduciendo la cabeza bajo el agua... El viento formaba curiosas ondas, mientras la oscuridad del cielo quedaba perfectamente reflejada en aquel recorrido que se perdía en el horizonte, mucho más allá de lo que nuestros ojos alcanzaban a ver... Desde allí, el silencio es absoluto, apenas roto por el graznido de los patos o el ulular del viento.


Las primeras gotas de lluvia nos sorprendieron en las alturas, y cada vez mojaban más... Por ello, nos planteamos el viaje de vuelta, que aún tras descender del promontorio, nos llevaría unos 700 metros a pie. Alcanzamos el vehículo repletos de barro... Y con nuestra cámara rebosante de imágenes.

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