sábado, 26 de diciembre de 2015

La Masía de la Muerte

Alrededor de un centenar de heridas siguen abiertas en la Comunidad Valenciana. Cien han sido los crímenes cometidos en los últimos treinta años que siguen sin resolver, sin culpables, sin castigo y, en la mayoría de las ocasiones, sin sospechosos sobre los que centrar cualquier investigación. Cuántas no serán las espinas clavadas en los corazones de los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, que no han logrado conseguir nuevas pistas, nuevas pruebas o nuevos detalles... Sus esfuerzos, hasta el momento, no se han visto recompensados. En ese sentido, el Vinalopó Medio (Alicante) no es precisamente una comarca caracterizada por una alta incidencia delictiva, aunque, en los últimos 13 años, se hayan producido numerosas muertes violentas, entre ellas, el asesinato de un hombre encontrado con un tiro en la cabeza en apartado paraje de Novelda, allá por el año 2009. Un alto y negro balance para una zona segura y, a priori, tranquila. 


Por este motivo, hoy nos desplazamos hasta un cierto punto de esta comarca, ubicado en las proximidades de uno de sus municipios y que, según nos comentan, también fue escenario de un crimen. No desvelaremos su localización... Ni mucho menos haremos hincapié en posibles detalles que puedan facilitar su identificación: hoy volveremos a luchar por preservar parte de nuestra historia, aunque exista la mínima sospecha de que pueda haber constituido el marco de un posible asesinato. Desconocemos si aquello que nos comentan sucedió en realidad tras estos muros o son tan sólo habladurías, pero confirmamos que sí tuvo lugar en este municipio.


Por ello, e independientemente de este hecho, hemos decidido bautizarla como la Masía de la Muerte, una enorme edificación de dos plantas, anticuada y medio derruida, que incluye multitud de detalles fascinantes los cuales, por desgracia, han ido cayendo del abismo del olvido por su propio peso. A simple vista, se trata de una enorme finca, rodeada de una frondosa y verde pinada que le otorga un aire oscuro y sombrío. Su ubicación, alejada del núcleo urbano, la transforman en el mejor escenario para la okupación ilegal y, por supuesto, para inspirar y crear historias aterradoras, de esas que dejan una marca imborrable en la psique. 


Aquella mañana de verano cruzamos el umbral de un lugar con leyenda... Con un relato de hechos que nos llegaba de la mano de vecinos de la zona y de la propia hemeroteca: ¿será cierto aquello de que un turista extranjero fue torturado hasta la muerte bajo sus techos, por una banda organizada que quería el número secreto de su tarjeta, o serán sólo habladurías? ¿Alguien lo podría confirmar? Por desgracia, sólo sabemos que, aquel caluroso amanecer, nos adentraríamos en un lugar que desprendía historia... Vida... Luces y sombras... Todo un cúmulo de sensaciones en cientos de metros cuadrados donde las pintadas de la pared sólo aludían a un hecho: la muerte. 


Como de costumbre, las primeras fotografías las tomamos en los exteriores. Con sumo cuidado, rodeamos la propiedad tratando de reconocerla desde fuera, de organizar un plano mental que nos pudiese guiar por un lugar, a priori, totalmente cerrado. Fue entonces cuando encontramos una especie de corrales donde, en su día, tendrían su hábitat aves de caza menor... También una especie de cochera y, por supuesto, un enorme aljibe... Dudamos que, por su estructura y amplitud, fuese una piscina, pero parece que un lugar tan mágico todo puede ser posible... ¿No es impresionante? 


La decoración ubicada alrededor del aljibe fue capaz de confundirnos: un acceso totalmente decorativo, rodeado de columnas; una escalera que descendía hasta la más completa profundidad e, incluso, algunos bancos rodeando metros y metros de un área ausente de agua. Desde hacía décadas, los árboles crecían a sus anchas, transformando aquel lugar en una especie de paraje que, quizá de aquí a pocos años, cubrirán por completo los restos de este enorme caserón. 


Comenzamos nuestro recorrido por una especie de caballerizas. Oscuras y un tanto irrespirables, parecían haber albergado ganado hasta no hacía demasiados años... Por desgracia, montones de basura se iban acumulando por los rincones, lo que dificultaba seriamente el paso hacia lo que sería la vivienda principal. En un principio, pensamos que sería totalmente imposible acceder a la misma, pero un pequeño hueco nos demostró que no... Que podíamos seguir adelante observando que nuestras sospechas eran ciertas: el recinto había sido, en algún momento de su vida útil, víctima de una okupación ilegal. 


Como por arte de magia, aparecimos en la entrada principal... Allí, los ladrillos cubrían por completo el hueco de la puerta de entrada la cual, aunque abierta, era incapaz de dejar pasar ni un sólo ápice de luz. Los techos, en general, sorprendían por el grosor de sus vigas de madera, bastante bien conservadas en la planta baja y distribuidas en paralelo como los capítulos de su propio relato, todavía por desvelar. La ausencia de luz provocaba una sensación claustrofóbica, incrementada por lo próximas que parecían hallarse las paredes en aquella especie de cuadrilátero. 


Avanzamos... Y alcanzamos un curioso rincón: una cocina ubicada en una especie de semisótano. Tras descender unos pocos escalones, encontramos los viejos fogones, ocultos bajo aquellos techos de escasa altura. Por desgracia, poco quedaba ya de la mampostería o del mobiliario... Apenas un puñado de azulejos se resistían a ser eliminados por la mano humana, que ya había provocado alguna que otra hoguera la cual, en cierto modo, podría haber sido fatal para el edificio. La ventilación y la iluminación eran completamente nulas, a diferencia de los cuencos: había cuencos por todas partes, incluso restos de víveres. 


Montones y montones de habitaciones se abrieron ante nosotros... Ubicadas a ambos lados de aquellos largos corredores, todas ellas aparecían bautizadas con su propio nombre o con el de su antiguo ocupante: salas, dormitorios, aseos... La mayoría, verdaderamente perjudicadas, sitas en dos plantas claramente diferenciadas. Por desgracia, los techos de la parte superior no habían podido resistir el paso del tiempo, cediendo todo su peso en los centros de las distintas estancias. 


Arriba del todo, casi tocando el cielo y totalmente inadvertidas, hallamos las buhardillas... Muy dañadas pues, posiblemente, hayan vivido palomas en su interior. Pequeñas ventanas dejan algo de paso a la luz... Fue entonces cuando leímos algo en una pared que nos llamó verdaderamente la atención: una frase que hacía alusión a la muerte de una persona de origen alemán. ¿Nuevamente habladurías, o habríamos llegado al lugar exacto?


Al final de nuestro recorrido, alcanzamos una nueva vivienda... Con su propio salón, cocina, baño e, incluso, una enorme terraza totalmente abierta y con unas vistas de ensueño. Los miradores ofrecían una imagen sin igual, tanto del aljibe como del resto del terreno... El cual parecía inacabable, como si la línea del horizonte fuese el límite de toda aquella extensión. Curiosamente, esta especie de apartamento tenía una estructura totalmente cuadrada, en la que la cocina se encontraba totalmente arrinconada tras un muro, al igual que el baño. 


Y notamos algo... Algo diferente a todo lo anteriormente vivido. Los sonidos, los olores... ¡Nuestros propios pasos! Era como si esa casa hablase sin emitir palabra, como si quisiera relatarnos sus vivencias, las cuales no necesariamente tuviesen que ver con un crimen... ¡O sí! ¿Quién sabe? Cada rincón, cada resto de cáñamo, cada losa de cerámica... Cualquier elemento tenía tanto que contar... Tanto que inspiró un relato del que hoy queremos compartir una pequeña parte... Un relato, en parte, aterrador, que quizá pueda, o quizá no, describir ciertas cosas que pudieron pasar tras aquellas paredes... O quizá no. 


"(...) Todos hablan de lo que sucedió aquella noche de invierno... Resulta muy duro escuchar descripciones de hechos que nunca tuvieron lugar (...). Hablan de gritos... De llantos... De duras palabras... De despecho y de desamor (...). Algunos de ellos, armados de valentía, se atreven a escribir en las paredes parte de esa inventada historia, con faltas de ortografía provocadas por las prisas y el miedo (...). Temen que aquello, de un modo u otro, se vuelva a repetir... Que el dolor vuelva a renacer para hacerles testigos de lo insólito, mientras la lluvia entra por las ventanas... Bañando el suelo y creando regueros de sangre (...). Pobres de ellos... Todavía no saben que yo morí aquí (...)." 

2 comentarios:

  1. Mira que a mi me gustan las casas y parajes solitarios... pero como casi todo, tiene un precio y es el de sentirte inseguro, esa leve sensación de que no pasa nada, pero puede pasar en cualquier momento y... estás solo.

    Genial relato y fotos, Vero, como siempre...

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    1. A pesar de esa sensación de peligro que, inevitablemente, nos invade, tomar fotografías a lugares recónditos, de esos que han caído en el más profundo olvido, no tiene precio.

      Un vez más... ¡Gracias!

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