sábado, 30 de enero de 2016

El Hotel Olvidado - Regresiones

Desde Excursiones para Normales, queremos hacer un pequeño experimento... Algo totalmente diferente a lo que estáis acostumbrados a leer. No ha sido tarea fácil: ha requerido muchas horas de trabajo y una insoportable indecisión a la hora de escoger las fotografías, pero este es el resultado. Una verdadera regresión al Hotel Olvidado, a un lugar con el que hemos creado una intensa y satisfactoria relación en los últimos tiempos y al que hemos querido, desde nuestra humilde posición, ayudar en su gran salto, en su evolución... En sus lentos pero firmes pasos para superar el pasado y caminar hacia el futuro de una forma inevitable. Para ello, hemos vuelto a ayudarnos de Luis A., sobrino de D. Tomás Durá y administrador de la web http://www.tomasdura.es/; de nuestra corresponsal Rocío P. O. (sabemos que podemos contar contigo), y de algunas fotografías de documentos reales que hemos recuperado de nuestras antiguas visitas. Hemos querido que este recorrido fuera lo más veraz posible, sin sesgos, sin irrealidades... Sólo historia, pura y dura, de la mano de los sentimientos de un niño de la época. Regresemos a esos años...


"(...) Siempre me he sentido un pequeño explorador. Desde que tengo uso de razón, he experimentado cómo la curiosidad se va apoderando de mí poco a poco, hasta empujarme a hacer cosas indebidas, de esas que, si bien es cierto no son más que cosas de niños, algunas podrían haber resultado muy peligrosas. Sin embargo, no me arrepiento de ninguna de ellas: todas y cada una han contribuido a crear mi propia personalidad, un tanto singular pero ajustada a la época tan compleja que nos ha tocado vivir. Se podría decir que mi baúl de los recuerdos es tan extenso que me resulta muy costoso rescatar algo concreto... Así que me limito a vivir mi presente, disfrutando como el niño que soy pues, a pesar de intentar fingir lo contrario, hay cosas que me provocan sobresaltos. 



Aquel día, mi madre fue contundente: iríamos desde temprano a pasar el día con mi tía al hotel familiar donde residía. Llevaba varios años cerrado, pero para un niño, aquel viejo edificio era un completo océano de secretos y recuerdos... Un montón de anécdotas vividas y por vivir que, junto al resto de los niños de la familia, podían transformar un día cualquiera en un día inolvidable. Sin embargo, aquel no era mi día, y tampoco me apetecía compartirlo con nadie: todo cuanto me rodeaba había amanecido triste y lluvioso, tan melancólico como yo.



Desde que llegamos, me sentía distraído... Recuerdo que mi madre me habló en numerosas ocasiones, pues yo sólo escuchaba la lluvia, aquella que rompía sin piedad en los ventanales del edificio, como con la única intención de romperlos. Tomamos el ascensor y llegamos hasta la vivienda de mi tía, ubicada en la penúltima planta del hotel y rodeada de las mejores vistas. Subí a regañadientes la escalera de caracol de mármol rosa, salvando la librería y el escritorio. Arriba, mi tía tenía una vivienda en toda regla, y no le faltaba de nada: cocina, dos baños, habitaciones... Allí habían vivido desde siempre, con todos los servicios y un llamativo papel cubriendo las paredes. 



Durante la mañana, pasé la mayor parte del tiempo delante de la barra del bar, saltando entre las sillas, a pesar de que mis tíos nunca habían querido que los niños anduviesen solos por un edificio tan grande. Y fue entonces cuando lo escuché: unos pasos correteaban por el piso de abajo, unos pasos que jamás antes había escuchado. Andaban de un lado a otro, tan perdidos como mis propios pensamientos, que cada vez más se hundían como las gotas de lluvia en aquella playa de dunas, absorbida por el boom de la construcción. Comenzaba a sentir que la curiosidad corría por mis venas, a la misma velocidad que mi sangre, palpitante, al galope entre mis sienes y mis muñecas. Pensé rápidamente en tomar las escaleras, en descender hacia el mismo infierno si era necesario... Sin embargo, y justo cuando mis pies se había deslizado un par de peldaños, mi tía nos llamó: la comida estaba lista. 



Comí rápidamente, inquieto y con la intención de salir a explorar todo aquello cuanto antes... Por un momento, sentí la necesidad de reconstruir paso a paso la historia de aquel hotel familiar, de buscar al valiente provocador de aquellos pasos, pero debía ser paciente, esperar a la hora de la siesta: justo en ese momento, todos los niños solíamos salir a reconocer el terreno, a pesar de las negativas de los adultos. Yo no tardé en dispersarme, los más pequeños preferían jugar a ser camareros en aquella solitaria barra, pero yo necesitaba algo más... Algo diferente. Y fue entonces cuando volví a escucharlos... No lo pensé: descendí todas las plantas más rápidamente de lo que hubiese imaginado... No sabía si por miedo o por curiosidad, pero quería acabar con aquella sensación cuanto antes. 



Fatigado, me encontré casi tocando la arena... ¡Aquella enorme sala de grandes celebraciones estaba tan vacía! Me senté en los peldaños, y observé todo cuanto me rodeaba... El ascensor, las escaleras que había tomado, y aquel mural de gresite firmado por un pintor llamado Gastón Castelló. Me levanté, y me di cuenta de que me temblaban las piernas... Así que me acerqué hasta el piano y tomé asiento, fingiendo ser uno de esos artistas importantes de la época. Lo hice sonar a mi manera, tan desordenada que, por un momento, pensé que la tormenta exterior la había provocado yo. Me sentía incapaz de escuchar aquellos pasos nuevamente, así que avancé hacia la vieja sala de guateques. 



Descendí hasta aquel sótano sin pensar... Por desgracia, la piscina llevaba ya varios años vacía, pero mis tíos me habían contado que, desde allí, se podía ver a los clientes a través de los grandes cristales, bañándose en ella, nadar y bucear. Por desgracia, en ese momento sólo las gotas de lluvia empañaban los cristales, mientras la bravura del mar podía escucharse de fondo. Le di un pisotón a algo que salió rodando... Y me asusté bastante, tanto que tuve que sentarme hasta recordar que, hacía algunas semanas, había perdido la linterna de mi padre, el día que nos cazaron jugando en la deteriorada bolera, con una pelota de trapo y algunos palos de minigolf que habíamos encontrado. Lo curioso era cómo había llegado hasta allí... Con la poca luz que entraba por los ventanales, localicé el aparato y lo encendí, observando todo cuanto tenía a mi alrededor. Encontré uno de esos vales de copas, y lo recogí, imaginándome a mí mismo como uno de esos adultos, tomando cubalibre y bailando al ritmo de un pasodoble, mientras la chica que me gustaba se acercaba para pedirme que bailara con ella.



Por desgracia, los gritos de los primos me sacaron de mi letargo, recordándome que no estaba solo... Descendían a toda velocidad por la escalera, buscando un lugar donde pasar el resto de aquel aburrido día. No tardaron en creerse bailarines, así que me escabullí del grupo, regresando a la sala de celebraciones. Linterna en mano, mis sueños de ser un pianista se desvanecieron: aquel solitario salón hacía años que no recibía comensales, ni fiestas, ni grandes convites. Las mesas y las sillas se amontonaban por los rincones, recogidas sin ningún criterio, apoyadas contra los muros, mientras el servicio de limpieza parecía haber olvidado la existencia de este maravilloso paraje. 



Recorrí lentamente la zona, jugando a ser equilibrista sobre los mosaicos del suelo, queriendo que mis recuerdos conservaran aquellas imágenes en tres dimensiones, reconociendo cada olor o cada sonido. Me introduje por las viejas cocinas de la sala, y traté de inventar un momento en el cual los camareros sirviesen platos acompañados por música ambiental y el sonido de las olas... Fantaseando con mi primera comunión: ¿cómo sería? ¿En un lugar como aquel? ¿Todos mis seres queridos me acompañarían? ¿También aquellos que fallecieron, aunque fuera desde el cielo? No tardé en sobresaltarme: nuevamente, aquellos pasos me sacaron de mis pensamientos... Unos pasos que venían, claramente, del interior de las malogradas bodegas. 



Me temblaban las rodillas. Me sentí más niño que nunca, pero necesitaba saber qué o quién era aquello que me había mantenido en vilo todo el día. El haz de luz de mi linterna se movía al ritmo de mi muñeca, del palpitar de mi corazón, en aquellas oscuras estancias, donde la ventilación brillaba por su ausencia. Sentía pánico a levantar la luz, a encontrar aquella cosa tan ruidosa que burlaba mi presencia. Sin embargo, en su lugar sólo encontré montones de botellas de cristal sin abrir: champán, refrescos, agua... Además de platos, copas, y latas caducadas. Allí no había nadie... Absolutamente nadie, salvo yo. 



Sentí, por un momento, que mi expedición había terminado... Me notaba desilusionado, con una frustración que no cabía en mi interior: había pensado que conseguiría que aquel hotel familiar, el cual había cerrado antes de que yo naciera, volvería a cobrar vida de mi mano, que descubriría algo insólito que contribuiría a su reapertura. Según había escuchado a los mayores, este hotel debía mejorar sus instalaciones a las necesidades de los 80, pero la inversión dependería de unos créditos que concedería el Estado y que, debido a nosequé crisis económica, no se concedieron, lo que obligó a mis tíos a poner fin a este negocio. 



Tomé las escaleras y ascendí a la planta principal... Hasta la antigua puerta de entrada, ahora cerrada. Desde allí, podía divisar tanto la recepción de llaves como el mostrador de información. Las llaves pendían de los casilleros, abandonadas a su suerte. Muchas de esas habitaciones permanecían abiertas, y es que ya no necesitaban ser cerradas pues nadie requería intimidad. Justo a la derecha, quedaban las antiguas oficinas, los puestos de administración, la central telefónica y el archivo. Al frente, el comedor principal: ¡el mejor restaurante que jamás hubiese imaginado! Alrededor de 500 comensales podían darse cita en este espacio. Quise entrar pero, antes de abrir la puerta, tropecé con un sillón de tapicería brillante, uno de esos diseñado en exclusiva para el hotel. 



Acabé por sentarme en el sillón... Tenía un poco de polvo, no demasiado... Según le escuché decir a mi madre, las limpiadoras continuaban trabajando. También había luz y agua en todos las zonas pero, como no quería llamar la atención, continué mi andadura a oscuras, linterna en mano y tratando de abrir el portón del comedor. Por desgracia, no lo conseguí, y me cabreé: sólo era capaz de ver algo si saltaba, a través de los cristales de aquel enorme pórtico, pero no distinguía nada. Puede que mis tíos lo tuvieran cerrado bajo llave, pensando que algún día, alguno de nosotros nos intentaríamos colar a jugar a ser el mismísimo Rey de España... Que, por cierto, estuvo aquí.



Cabizbajo, desistí... Y escuché un extraño sonido que provenía de la planta superior, aquella que albergaba las mejores habitaciones con vistas al mar. Miré hacia el techo, y pude comprobar que las lámparas todavía temblaban, sensación que acabaron por transmitirme. Un rayo iluminó por completo la zona en la que me encontraba, y pude ver perfectamente dos pasillos a cada lado... Dos largos y extensos corredores, con montones de habitaciones cuyas puertas permanecían cerradas. Di un par de pasos, y me di cuenta de que tenía miedo... Por primera vez había sentido miedo. 



Avancé, y busqué refugio en una de las primeras habitaciones, acabando en el archivo... Era una habitación pequeña, pero todo estaba lleno de estanterías repletas de papeles y más papeles. Trasteé un poco aquello, quizá fruto del nerviosismo, pero con la esperanza de dejarlo tal y como estaba y de que mi tía jamás se enterase. Sin embargo, me temblaban las manos... Tanto que se me cayó la linterna y, junto a ella, un bloc de facturas que acabó desparramado por el suelo. Y lo escuché... Lo volví a escuchar, justo en la planta de arriba, así que salí corriendo de allí, sin recoger los papeles, pensando en tomar el ascensor y desaparecer bajo la cama de mi tía si era necesario. Por desgracia, recordé las palabras de mi madre: que nunca tomara un ascensor cuando estuviese lloviendo, que se podía ir la luz y quedarme encerrado. No me quedaba otra que subir las escaleras a pie, tal y como había hecho cuando había decidido salir...



Me desplacé poco a poco, pegado a la pared, tocando con la palma de mi mano las frías estructuras de aquel edificio. Las baterías de mi linterna amenazaron con apagarse, así que le di dos golpes secos contra el suelo... Y, justo en ese momento, escuché un grito: era mi madre, y parecía muy cabreada. A pesar de que me estaba llamando, su voz me sonó a la más divina de las glorias: por lo visto, el resto de los niños ya estaba arriba, y sólo faltaba yo. Entonces, ¿serían ellos los que habían provocado aquellos extraños sonidos? Me tranquilicé y, tras decir a mi madre que no tardaría nada en subir, continué mi expedición de una manera mucho más relajada. Por un momento, sentí que había conseguido dar explicación a un hecho insólito, mientras trataba de imaginar cómo sería vivir en un edificio tan grande. Mi madre me había contado que, de pequeña, solía pasar los veranos en este hotel, junto a sus hermanas y sus tíos, mientras iban comprendiendo, desde dentro, la historia de un complejo que se había visto abocado al olvido. 



Seguí paseando, fisgando en las distintas habitaciones abiertas, tratando de averiguar cuál sería la que ocupó el cantante Raphael, o dónde habría dormido el Conde de Barcelona. Entré en una de ellas, y estaba perfectamente ordenada: tenía su baño completo, su cama grande y una maravillosa radio que sonaba como los ángeles. La encendí y me lancé contra la cama, boca arriba, mientras unas entreabiertas cortinas dejaban ver cómo la tormenta se iba disipando. Por desgracia, en algún momento, debí quedarme dormido, pues me levanté sobresaltado, con la sensación de que alguien había entrado en la habitación sin que me diese cuenta. Estaba sudoroso, y la puerta en una posición totalmente diferente a cómo la había dejado: si mi madre me descubría, me castigaría durante todo lo que quedase de año así que, apagué la radio, hice la cama y cogí mi linterna, tratando de dejar todo aquello en el mismo estado en el que lo había encontrado. 



Antes de subir, miré anonadado el restaurante de esa segunda planta...  El hotel contaba con tres de esos enormes espacios donde la gente se reunía a comer, a tomar una copa o a no consumir nada, pues eso también estaba de moda. Los taburetes yacían apoyados contra la barra, y me imaginé cómo sería encontrar aquel espacio repleto de personas: ¿por qué todavía había botellas por todas partes? ¿Cómo era posible que la barra albergase algunas polvorientas copas, como esperando a ser tomadas? En medio de mi fantasía, sentí que alguien correteaba detrás de mí, a gran velocidad... Podría decir que, incluso, vi una sombra que, rápidamente, subió escaleras arriba, burlando mi solitaria presencia... 



Sin miedo, corrí tras esa sombra, tropezando en todos y cada uno de los peldaños, hasta aparecer nuevamente a las puertas de la vivienda de mi tía, en esos momentos, cerrada. Comencé a corretear por la cafetería, saltando entre las sillas, pero no encontré nada... Salvo mi propio reflejo en los cristales. Sí, era mi reflejo, pero no era mi cara... Al menos, no era mi cara de niño: la cara de un adulto se alzaba delante de mí, repitiendo mis gestos y muecas, con mis facciones y alrededor de 20 años más. Y fue entonces cuando lo comprendí... 



Había conseguido reconstruir la historia de aquel hotel por mí mismo, guiado por mi propia intuición... Y, sobre todo, por mis propios pasos. Aquella construcción, planeada inicialmente como una residencia de ancianos, me había ayudado a describirla... A dar vida a sus corredores uno por uno, estancia por estancia, habitación por habitación. Alguien, después de tantos años, había visitado sus bodegas de la manera más osada, alumbrando polvorientas botellas y restos de mermelada, mientras enormes restaurantes sufrían el desgaste propio del mar. 



... 

Desperté... No tardé en notar que estaba más cansado de lo normal, como si hubiese estado toda la noche recorriendo un viejo edificio en ruinas. Esa mañana, iría a trabajar como lo hacía de manera habitual desde hacía años y me miré en el cristal de un escaparate... Tenía 34 años y una cara igual a la que había visto en mi sueño, reflejada en un cristal cualquiera del hotel de mis tíos. Desvié mi camino, y decidí pasar por la puerta del complejo, como si necesitara recordaro... Desde lo años 90, mi tía había decidido venderlo a una cadena hotelera que pudiera explotarlo como verdaderamente se merecía. Más de 25 años de lucha contra la Ley de Costas, actos vandálicos y varios incendios fueron necesarios para que hoy, y desde finales de 2015, comenzara la rehabilitación de un lugar sin igual... Un lugar que me trae recuerdos y con el que, en cierto modo, me voy a sentir ligado toda mi vida. 



Y lo vi... Mientras los obreros hacían su trabajo, un niño de vestimenta anticuada y linterna en mano, subía las escaleras a toda velocidad (...)."





"Cuando bebas agua, recuerda la fuente" (proverbio chino).

Con cariño... 

Enero de 2016

6 comentarios:

  1. Excelente reportaje y fotografías, Vero, como siempre... Da la impresión de que uno se encuentra ahí mismo...

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    1. Esa era la idea... Ser capaz de introducirse por esos oscuros pasillos, cual niño con linterna... Tratando de reconstruir su historia paso a paso... Rincón a rincón.

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  2. Sería interesante conocer si la rehabilitación se realiza de acuerdo a la recuperación medioambiental y patrimonial que el edificio y el lugar merecen.

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    1. Ojalá se respeten todas las normativas posibles: nuestro municipio merece un hotel en condiciones, aprovechando los recursos existentes pero respetando nuestro particular ecosistema.

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