viernes, 15 de abril de 2016

La Bodega de los Sueños

“Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia, como si ésta ya fuera ceniza en la memoria” (Jorge Luis Borges). 

Hace alrededor de seis años se puso fin a más de un siglo de historia... Una historia construida paso a paso, entre autóctonos y foráneos; extensa, llena de contrariedades... Pero, lo más importante, con un sabor inconfundible: ese sabor dulzón, agridulce y, en ocasiones, difícil de definir, que deja el vino en el paladar. Tras numerosos intentos fallidos, hace un par de semanas tuvimos la suerte de desplazarnos hasta un lugar sin igual, único y diferente a todos, capaz de sumergirnos en el siglo pasado... De hundirnos hasta dejarnos sin respiración en zumo de uva con denominación de origen. Retrocedamos en el tiempo... Y avancemos hasta allí... Hasta la Bodega de los Sueños.


De un modo u otro, únicamente fue posible acceder gracias a mi querida amiga MV, que siempre está pendiente de nosotros y haciéndonos regalos verdaderamente maravillosos. Sin ella y sin su ayuda incondicional, muchos de estos lugares sería imposible rescatarlos, y caerían en el más absoluto olvido... Sin embargo, lo conseguimos... Aquella mañana ventosa logramos introducirnos en parte de la historia de este municipio, y alcanzamos a arrastrarla desde el pasado hasta el presente, hasta tocarla con la punta de los dedos... Hasta sentirla, palparla... Olerla y saborearla. 


Si bien es cierto que, exteriormente, el edificio parecía simple y escasamente detallado, los interiores que nos esperaban eran verdaderamente sorprendentes: tras acceder por una destrozada puerta metálica, las reminiscencias del olor a vino todavía estaban allí, como esperándonos, colándose por los rincones de todos aquellos enormes bidones que, en su día, albergaron toneladas y toneladas de uva... Litros y litros de tan preciado manjar. Por suerte, todavía es posible discernir la función de aquella enrevesada maquinaria, conectada a tubos y mangueras, mientras pisábamos cientos de cristales minúsculos, verdes... Esos que sólo son restos de botella olvidada pero que, si les incide la luz de sol, son capaces de generar maravillosos colores.


La Bodega de los Sueños quedó oficialmente disuelta hace casi seis años, el 2 de noviembre de 2010, tras el acuerdo adoptado por la asamblea general celebrada el 20 de junio de ese mismo año. Con esta decisión, desapareció una de las bodegas más emblemáticas de la provincia y, con ella, más de 100 años de historia: sus orígenes, centrados en estas mismas instalaciones, albergaron a varias generaciones de agricultores del municipio e, incluso, dela comarca, que acudían hasta allí para aportar sus uvas y crear, así, uno de los vinos más autóctonos. Según nos comentaron, la previsión de trasladar sus instalaciones a otras más nuevas y modernas en pleno boom inmobiliario nunca llegó a funcionar: la situación económica y la mala gestión forzó su disolución como cooperativa, su cierre como negocio y su final como historia. 


Según diversas fuentes, el traslado a las nuevas instalaciones se vio empañado por la crisis inmobiliaria y económica, que ya no sólo dejó sin comprador a la antigua sede (justo donde nos encontramos hoy), sino que redujo el consumo de vino de una manera abismal. A su vez, y mientras se estaba construyendo el edificio de esta nueva ubicación, un fuerte temporal provocó un accidente que acabó por destrozar todas las vigas de acero que preveían dar sujeción a este nuevo proyecto. Si bien es cierto que exteriormente se reconstruyó, la sociedad no pudo seguir adelante y decidió liquidarse.


Recorrimos aquellos pasillos con sigilo, acompañados de nuestra incertidumbre y de aquellos sonidos que el viento provocaba sobre la uralita, ya desprendida en muchas zonas... En ocasiones, parecía que iba a caer sobre nosotros sin piedad, por haber decidido violar su intimidad. La documentación se amontonaba por el suelo, junto a los cristales, las etiquetas, los tapones de corcho y las cañerías, todo distribuido sobre canales que, en su día, estarían recorridos por ese líquido, rojo como la sangre y de olor inconfundible.


Curiosamente, todavía se conserva bastante intacta la zona de embalaje... Con palets sin utilizar, y también sin montar. Incluso, hay restos de taquillas, aunque las herramientas ya han desaparecido por completo:


No podíamos marcharnos sin antes introducirnos en la mejor de las zonas, las plantas superiores... Y así lo hicimos: tras ascender un par de peldaños de unas roídas escaleras, nos hallábamos ante la zona de oficinas y, suponemos, de vivienda. Allí ya no sólo era posible contemplar aquellos enormes bidones desde otra perspectiva: cientos de metros cuadrados decorados a la antigua usanza se convertían en toda una realidad... ¡Casi podíamos tocar la uralita desde aquella zona!


Por desgracia, el baño y la cocina habían sido bastante vandalizados, aunque todavía quedaban detalles dignos de ser rescatados:


Finalmente, y a pesar de la inestabilidad que aparentaba, decidimos tomar una de las numerosas escaleras de madera para reconocer desde las alturas los bidones. Era una sensación claustrofóbica: la altura, los tablones de madera roídos, la sensación de que los pies podrían quedarse encajados en cualquier momento, de que las escaleras y pasarelas podrían desprenderse bajo nuestros cuerpos... Todo ello observando el interior de aquellos profundos bidones, repletos de moho, podredumbre y abandono. Los tablones temblaban, y crujían a nuestro paso, mientras las barandillas temblaban si acaso osábamos a rozarlas...



Y es entonces cuando decidí escribir...


"(...) Por un momento, me sentí caminar dirección al pasado... Como si, por un momento, el tiempo se hubiese parado, sin tan siquiera preguntar... Hasta tal punto de ser capaz de caminar por encima de la nada... Casi suspendido en el aire... Disfrutando de ese peculiar olor que emite el vino cuando envejece (...). Los tablones madera crujían bajo mis pies, tanto que comencé a caminar prácticamente de puntillas... Pero aun así, no lo pude evitar: uno de los peldaños de madera, el más roído, se desprendió, dejándome a mitad de camino, completamente aislado, sin posibilidad de alcanzar el otro lado y las escaleras que me devolverían a mi hogar (...). Por un momento, pude comprobar que estaba demasiado nervioso como para pensar, que ya habían pasado varias horas desde aquel suceso y que, muy pronto, anochecería, sin que hubiese conseguido más que mirar a mi alrededor, buscando otras fórmulas de escape (...). Entre las muchas que encontré, sólo quedaba una: tratar de descender por uno de aquellos podridos bidones... No parecían tan altos, o al menos eso pensaba, antes de perder el conocimiento y, con él, la poca luz ambiental que quedaba (...)."



5 comentarios:

  1. Ya tardabas... Excepcional relato y fotografías, como siempre. Debe ser sobrecogedor andar por esas naves y salas... Ya impresiona ver las fotos y leer las sensaciones... imagino que añadiéndole los ruidos, los olores... Uf, uffffff...

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    1. Sabíamos que tu comentario sería el primero, :) Gracias por tu paciencia... Esperamos a partir de ahora compartir relatos y fotografías mucho más a menudo, con más sensaciones, ruidos y olores... Si cabe, :)

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  2. Muy chulo el sitio,la de veces que pase por la entrada y nunca me dio por visitar el edificio.

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    1. Quizá deberías intentarlo... Es como un sueño hecho realidad, :)

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    2. Quizá deberías intentarlo... Es como un sueño hecho realidad, :)

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