viernes, 9 de septiembre de 2016

Villa Milagros

Las dos P guían nuestro recorrido... Pasado y presente se conjugan en un único momento, tan único como especial, que merece un alto en el espacio y el tiempo, una detención en el recuerdo hasta recuperar aquello más deseado. Hoy, ese alto llega hasta un lugar que, desde hace varios años, estábamos deseando contemplar: nos hallábamos ante la puerta principal de Villa Milagros, posiblemente, una de las últimas edificaciones realizadas bajo el concepto clásico de villa de recreo en una zona que conocíamos bien y que suele albergar grandes misterios. Junto a todos sus secretos, aquella villa se alzaba ante nosotros con toda su majestuosidad, conquistando nuestros sentidos gracias a todas las posibilidades que nos podría brindar en aquella visita cercana al mediodía.


Probablemente construida hacia los años cuarenta del siglo pasado, Villa Milagros es uno de esos caserones comunes en la zona, con sus elevados torreones de cerámica, abandonados a su suerte por renuncia a la actividad económica para la que fueron creados. Varias edificaciones anexas suelen completar la vivienda principal, la cual destaca por encima del resto debido a ese torreón tan curioso y llamativo, el cual solía utilizarse para comunicarse mediante un sistema de banderas con la casa de la ciudad de los señores. Típica por su decoración levantina (ladrillo visto y mural de azulejos con el nombre de la propiedad), fue imposible no quedarse anonadado ante todo aquel espacio construido.


Si bien es cierto que este tipo de propiedades suele contar con dos entradas, nosotros accedimos por la principal, aquella que nos daba la bienvenida con una especie de granja: una instalación probablemente ganadera se ubicaba a ambos lados de aquel enorme patio central, donde apenas quedaban malas hierbas, peligrosos restos de madera y calor... Un calor excesivo, húmedo y transparente... Tan transparente como nuestra sensibilidad, ansiosa de percepciones. Los corrales, todavía pintados de azul, emitían ese olor que emite el ganado cuando todavía rebosa vitalidad, todos repletos de paja, de restos de una vida anterior todavía por resolver.


Justo desde allí era posible pasar directamente a las dependencias que solía ocupar el servicio, es decir, los caseros encargados de su mantenimiento. En nuestro paseo localizamos una enorme cocina, con sus ventanas, sus armarios, sus tarritos, su salida de humos... Todo lo necesario en unos fogones que, seguramente, tenían cientos de historias que contar. Un cuarto de baño, decorado en rojo, nos recordaba a la típica casa de nuestra abuela en el pueblo, al igual que una pequeña despensa y a una serie de estancias, echadas a perder por el paso del tiempo... Ese tiempo que al igual que todo lo cura, también todo lo enferma.


Curiosamente, dos eran las cocinas ubicadas en esta zona... Una segunda, mucho más pequeña pero repleta de detalles, nos esperaba oculta tras unos muros, de forma inesperada... Oscura y abandonada:


Seguidamente, y aprovechando que la explotación agrícola continuaba en activo (en esta ocasión, una enorme plantación de melones crecía gracias al suministro del aljibe y al trabajo de los jornaleros), nos acercamos hasta la vivienda de los señores, cámara en mano, para poder captar toda su belleza. El agua rebosaba de la antigua piscina, destinada al riego, mientras puertas y ventanas permanecían abiertas, como esperando nuestra visita: dos enormes plantas repletas de servicios que, si bien es cierto que estaban devastadas, sólo el tiempo había decidido influir en ese estado, por cuenta propia y sin preguntar.


Estancias y estancias se abrían ante nosotros, corroídas por la humedad y el polvo, donde todavía podía distinguirse un curioso suelo en ajedrez, muy típico de la zona. Baños, cocinas y salones de la planta baja se comunicaban perfectamente gracias a un maravilloso patio central. En algunos casos, las persianas todavía se mantenían cerradas pero, sin embargo, el baño, decorado en color negro había perdido la bañera, la cual seguramente había sido sustraída, como el cobre o las cañerías. La cocina en color rosa, todavía tiene sus armarios en color azul, aunque está bastante deteriorada.


La planta superior, de un tamaño más reducido, albergaba un pequeño baño y algunas reducidas habitaciones, además del acceso a su característico torreón. Las vistas desde las alturas eran inmejorables: tras tomar la escalera hacia el mismísimo cielo, la enorme plantación agrícola, la piscina convertida en aljibe, la vieja fuente y, sobre todo, las montañas de fondo, nos hicieron rememorar cualquier tiempo pasado... Que, seguro, fue mejor.


No podíamos finalizar la entrada sin aportar un pequeño párrafo: 

"(...) Casi puedo tocarte... Casi puedo sentirte... En medio de esta soledad (...). Ha pasado mucho tiempo desde que te vi por primera vez, en una vieja fotografía... Estaba rasgada, se notaba que eras mucho más joven, pero no me importa: ahora has madurado, has crecido (...). Tu esencia sigue intacta pero, quizás, la vida ha hecho mella sobre ti... Te muestras distante, dolida, solitaria... Abandonada a tu suerte en la lejanía (...). Sí, hoy por fin he decidido aproximarme... No demasiado, no he querido que percibieras cuánto te he añorado en estos años (...). He procurado no hacer ruido, he intentado que no me vieses y pasar inadvertido ante tus ojos... Sé que me has observado, pero procuras continuar en silencio, callada y mirando para otro lado (...)." 

4 comentarios:

  1. Extraordinario ,la metáfora me ha llegado .. sigue así.gracias .
    Soy Isma

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  2. Tremendo!!! Cómo haces volar la imaginación!!!

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    1. Este lugar invita a dejar volar la imaginación... ¡A dejarla libre! :)

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