viernes, 23 de septiembre de 2016

Villa Planes

Las hojas secas crujían bajo nuestros pies... Se enredaban por nuestros tobillos, como poniéndose de acuerdo con todas aquellas ramas de pino caídas, motivadas por el duro verano que todavía asolaba nuestras tierras. Por suerte, los árboles aun aportaban grandes dosis de sombra, la necesaria para mantener los suelos frescos a pesar de la época del año, la suficiente para marcar el camino a seguir una tarde cualquiera... Una semana cualquiera. Aquella tarde no íbamos solos... En grupo de cinco y con todas las ganas de descubrir mundo, el equipo de Excursiones para Normales se desplazaba sin destino previsto hacia una zona totalmente desconocida... Al encuentro accidental con Villa Planes, un lugar diferente y sobre todo, totalmente desconocido e inexplorado.


Estábamos perdidos... Y nos enorgullece decir que no sabríamos regresar, lo que contribuye a mantener la magia, la esencia... La razón de ser de Villa Planes. Y es que, allí estaba, tras un montón de árboles ordenados sin criterio, amontonados junto a todas sus puertas y ventanas, rodeándola de sombra y de personalidad. Hacía montones de años que nadie se paraba a observarla: el número 79 se negaba a caer al suelo, a desplazarse hacia ese lugar llamado olvido, mientras sus silenciados interiores esperaban ansiosos una visita más allá del tiempo, ese que pasa fugaz, casi sin llamar.


Los contrastes luz-oscuridad se convertirían en los protagonistas de aquella tarde: los rayos de sol de agosto se dignaban a colarse por todos y cada uno de los ventanales, cuyas enormes puertas permanecían abiertas a todo cuanto pudiese llegar del exterior. Viento, polvo y soledad campaban a sus anchas en aquella enorme vivienda de dos plantas, sencilla pero robusta, que ya había perdido parte de su planta superior con el transcurso de los años. A simple vista, las enormes vigas de madera asomaban sarcásticas de entre los escombros, creando sombras chinescas de corrosión, a la vez que los restos de un incendio intencionado nos comunicaban que aquella negrura no era más que hollín antiguo.


Nos desplazábamos saltando entre los restos del naufragio, procurando no sufrir incidentes derivados de un paso equivocado. Si antes habíamos hecho crujir las hojas, en aquellos momentos los ladrillos resonaban bajo nuestros pies, mientras se balanceaban al ritmo que marcaban nuestros pasos. A ambos lados dos claustrofóbicas escaleras de caracol continuaban en pie, a pesar de que las plantas superiores hubiesen desaparecido: tomar cada uno de sus peldaños sin saber qué podía haber más allá de los diez centímetros que alcanzábamos a tocar lo convertía en una experiencia extraña pero abrumadora, necesaria para los sentidos.


Si bien es cierto que la escalera de la derecha conducía hacia ninguna parte, la de la izquierda continuaba, sustituyendo la piedra por la robusta madera, hoy en día, tambaleante. Sin embargo, ello no impidió que las tomáramos: pisábamos con cuidado pero seguros de nuestro trayecto, a pesar de que, en cualquier momento, pudiesen haber cedido bajo nuestros pies. Formábamos una cadena humana casi perfecta, con un único nexo común: el deseo insaciable de observar más lejos... De hacer una parada en los restos de una vieja cocina o en un antiguo cuarto de baño, mientras nuestra cabeza volaba más allá... Mucho más allá.


Desde las alturas observamos lo que en su día fueron cada una de las estancias: habitaciones, cocinas, baños, buhardilla... De todo un poco en una vivienda de alma proletaria, seguramente habitada por trabajadores, donde amanecería muy temprano... Y anochecería muy tarde.


En el exterior, a modo de anexo, se conservaban lo santiguos corrales, casi ya demolidos por el paso del tiempo... Por suerte, pocas pintadas teñían la imagen que todavía Villa Planes nos estaba ofreciendo aquella tarde, lo que convertía en un placer caminar entre la hierba, a pesar de que los cardos se anidaban en nuestro calzado de la manera más vil. Un viejo horno de pan se ocultaba tras aquellos roídos muros, y es entonces cuando resulta inevitable dejar volar la mente... Tratando dejarla viajar hasta los restos del viejo pozo:


"(...) España, 1940. Los restos de la guerra civil todavía eran palpables, mucho más que cuando el sonido de fondo sólo eran disparos (...). En aquella década todo era hambruna... Enfermedad... Desolación... En definitiva, muerte... Desde que el bando nacional estaba a la cabeza, todo olía a muerte (...). No era tampoco culpa de nadie, la guerra había dejado tristeza en ambos lados... Pues, en una guerra, no hay ganadores... Sólo perdedores (...). Esa mañana, observaba el nuevo día desde la buhardilla... Me había hecho el dormido, pues no me apetecía levantarme a las 5 para dar de comer a las gallinas, más con la que estaba cayendo (...). Desde las alturas todo se veía de otra forma... Aquella profusa pinada creaba tantas luces y sombras que me encantaba fingir que seres sobrenaturales venían a visitarme... A romper a paz de mi habitación mientras mis padres y abuelos araban la tierra o recogían la cosecha (...). Los días de lluvia eran intensos... Tanto que hasta las paredes parecían cobrar vida: rugían e, incluso, parecían moverse, como queriendo huir de la tormenta (...). Sin embargo, allí estaban ellos, aguantando el tipo... Soportando el frío y la humedad... Apartando los miedos... Sobreviviendo... Mientras yo permanecía oculto, tras el ventanuco de la buhardilla (...)."

2 comentarios:

  1. Qué relato y fotos más buenos... ¡y tétricas! Me da miedo solo con mirarlas e imaginarme allí, jajajaja

    Saludos Verónica

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    1. Intuyo que la publicación que está por venir te va a gustar... O te va a dar miedo, ;) ¿Quién sabe?

      ¡Saludos, José Luis!

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