lunes, 20 de marzo de 2017

Pueblo Viejo de Belchite


"Pueblo Viejo de Belchite... Ya no te rondan zagales... Ya no se oirán las jotas... Que cantaban nuestros padres"

En la puerta de las ruinas de la Iglesia de San Martín de Tours pueden leerse estos versos, repintados a mano, como huellas de un pasado que todavía palpita cual herida abierta, una herida que, en cierto modo, jamás podrá cerrarse: las marcas que dejan la muerte, los regueros de sangre y el olor a carne quemada jamás podrán borrarse por muchos años que pasen... Por muchas vidas que se vivan. En cierto modo, todos deberíamos visitar Belchite Viejo alguna vez, recuperar parte de nuestra memoria histórica y conocer de primera mano la cruda realidad de algo que nunca debió suceder: hoy en día, no es más que un pueblo fantasma, un lugar donde todavía se respira el dolor de la Guerra Civil y se percibe el miedo de los más de 5.000 muertos en apenas 14 días de batalla... Sin embargo, y aún ofreciendo una fantasmagórica estampa de lo que en su día fue, las cicatrices parecen más vivas que nunca.


Resulta imposible dejar de pensar en la niebla... Esa densa bruma que, en los días más fríos y húmedos, reposa sobre el desastre y la desolación, como parte indiscutible de un recorrido marcado por el silencio y la pena. Aquella mañana de invierno, el frío calaba los huesos de la forma más literal jamás conocida: al comienzo de la ruta, nuestras ropas ya estaban heladas, empapadas, inundadas de agua y de los resquicios de aquella batalla que tuvo lugar entre el 24 de agosto y el 7 de septiembre de 1937. La ofensiva del Ejército Popular sobre Zaragoza movilizó a un gran número de hombres y de medios militares republicanos, que alcanzaron a la pequeña pero bien protegida población de Belchite, uno de los principales objetivos de las tropas republicanas en el Frente de Aragón desde principios del año 37.


Actualmente, sólo es posible acceder al Pueblo Viejo mediante una visita guiada: el Ayuntamiento de Belchite ofrece la posibilidad de asistir a una serie de excursiones, tanto diurnas como nocturnas, en las que ya no sólo se aprende, sino que se comprenden los secretos de uno de los episodios más cruentos de la historia española, de un pueblo y una cultura que también nos son propias y que se merecen el mayor de nuestros respetos. En nuestro caso, ambas visitas comenzaron en el Arco de la Villa, bajo la bruma y la lluvia, en un ambiente triste y oscuro, presidido por la desafortunada historia de Natividad:


"(...) Natividad sólo tenía quince años cuando salió a la calle con su padre, pero nadie imaginaba que sería abatida por aquel soldado que se ubicaba en una ventana, a lo alto del Arco de la Villa (...). La joven cayó rendida, muerta en el acto, a los pies de un padre que no sabía si llorar o huir despavorido por aquella batalla de fuego enemigo que acababa de comenzar porque sí (...). ¿Por qué ella? ¿Por qué no él? ¿Por qué en aquel momento? (...). Los disparos no cesaban, y aquel afligido padre no pudo hacer más que envolver el cuerpo de Natividad con una sábana y enterrarlo en el jardín, no sin antes marcar el punto exacto con una cruz que, tras 80 años, nadie se ha atrevido a borrar (...). Tras la guerra, aquel padre regresaría a rescatar el cuerpo de su hija y darle cristiana sepultura, pero no lo encontró... Ninguna persona sabe exactamente dónde puede estar enterrada, pues su cadáver desapareció tras el conflicto (...)." 



Casas, iglesias y torres todavía albergan huellas islámicas: si bien es cierto que numerosos documentos datan pobladores en la época romana, no queda duda alguna de que el estilo arquitectónico predominante es el mudéjar, reflejado en el estrecho trazado de sus calles, en los muros de sus principales edificios religiosos y en el empleo del ladrillo como elemento decorativo predominante. La más pura expresión de la soledad es de color azul y carmín, reflejada en las pocas fachadas que quedan en pie a lo largo de la calle principal, aquella que toca a su fin en la Plaza Nueva de Belchite, donde todavía se albergan los restos de una fuente. Llegamos hasta allí no sin antes atravesar el monumento a los caídos, aquella cruz de hierro forjado que resiste al paso de los años en memoria de un macabro episodio:


"(...) El olor inundaba el pueblo... O lo que quedaba de él. Era un olor nauseabundo... Un olor que tenía imagen propia: la de todos aquellos cuerpos, apilados, uno encima de otro, quemándose, mientras la sangre circulaba siguiendo su curso, el de la pendiente del terreno (...). El olor a carne quemada se entremezclaba con el olor a muerte, a descomposición, a enfermedad, a hambruna y a desgracia (...). No había espacio para enterrarlos a todos, había más muertos que vivos, y la propagación de enfermedades aumentaba rápidamente (...). El fuego lo transformaría todo en cenizas (...)." 



La Torre del Reloj es uno de los pocos edificios que continúan en pie, en la plaza de la fuente... Su imagen interior es tan devastadora como la exterior: su fachada de ladrillo visto todavía alberga las señales de una guerra cuyos efectos lo dejaron en estado de ruina, ocasionando la pérdida del remate superior y del segundo piso, donde el cuerpo de campanas ejercía su labor. Es evidente que, como consecuencia del conflicto, el pueblo quedó completamente arrasado, por lo que Franco ordenaría reconstruirlo justo al lado, dejando estas ruinas intactas en recuerdo de todos aquellos que perdieron la vida en la contienda... De todos aquellos que, una madrugada, decidieron huir del fuego cruzado:


"(...) Esperaba junto al resto, agazapados tras la maleza... Escondidos tras los numerosos escombros de una guerra que ya no sabía si era nuestra o de quién. Cientos de adultos, mujeres y niños teníamos una única oportunidad de salir corriendo, de huir camino a Zaragoza... Pero no llegaríamos ni la mitad. No, no seríamos capaces... Los niños no paraban de llorar, los mayores apenas podían moverse e, incluso, muchos de los presentes estaban heridos (...). Por suerte, mis heridas tan sólo eran del alma, las provocadas por la pérdida de mi mujer y de mis propios hijos en manos de los republicanos (...). Y fueron cayendo todos... Uno por uno tras de mí... Les veía desvanecerse, como consecuencia de los disparos y de los gritos, entre sangre y dolor (...). A los 500 metros conseguí alcanzar mi mejor marca, no sin antes tomar la mano de mi esposa... Por suerte, había vuelto a por mí (...)." 


Los bombardeos también dañaron la Iglesia de San Martín de Tours, aquella que encuentra su melliza en el Pueblo Nuevo y que mantiene la devoción por un santo que vela por el municipio desde los tiempos más ancestrales. Su silueta podía divisarse entre la niebla, como emergiendo de lo más profundo de un océano infinito, rodeada de andamios y puntales que sostienen sus últimos días en medio de un acelerado proceso de rehabilitación. Aun así, el indescriptible placer de introducir la cámara por los rincones, de caminar por encima de los tablones como si de estar suspendido por los aires se tratase, introducía más aún si cabía en aquella extraña experiencia de recuerdo y aprendizaje... De misterio y de fantasmas que jamás podrán abandonar su morada. 


Rodeando la la Iglesia de San Martín de Tours es posible alcanzar los restos del Convento de San Rafael. Tan sólo quedan en pie sus esbeltas fachadas, en las que su multitud de detalles quedan ocultos tras la maleza, los escombros y las vigas de sostén. Allí, las monjas dominicas de Belchite se encargaban de dar clase de lectura y escritura a las niñas del pueblo, ofreciendo incluso parvulario para ambos sexos... Aun hoy en día, en el más absoluto silencio, dicen que pueden escucharse los cantos celestiales de aquellas niñas: sus canciones religiosas han ocupado numerosas y claras psicofonías capaces de erizar la piel y de sobrecoger el alma con tan sólo ser reproducidas allí, junto a aquella triste fachada. 


El trujal, una de las cuatro fosas comunes de Belchite, aloja los restos de los cadáveres de la batalla, aquellos que quedaron dispersos por las calles durante el enfrentamiento y que no fueron quemados en la plaza. Tras subir un número considerable de escaleras, alcanzamos la reja que oculta un número indeterminado de restos de personas, de identidades que la guerra arrancó de un entorno, de una familia, de un pueblo... Para convertirlos en fuego... En cenizas.


La visita finalizaba a las puertas de la iglesia del Convento de San Agustín, el cual ocupa uno de los lados de la plaza con el mismo nombre. Curiosamente, el edificio ya había sufrido de múltiples abandonos hasta la Guerra Civil, momento a partir del cual sufrió los graves daños que pueden constatarse y que le otorgan esa imagen ruinosa, triste y funesta que a día de hoy lo caracteriza. Su ornamentación destacaba por encima del resto: el estilo mudéjar se mantiene en su preferencia por las figuras geométricas y por la celosía... Lo que quizá no corresponda con el estilo arquitectónico sea el obús que, tras ser disparado, quedó inserto en la torre del campanario, sin estallar:


"(...) El verano estaba siendo más duro de lo habitual... Y la guerra no ayudaba en nada. Aquellos que no morían por disparos, morían de hambre o de sed en una batalla que parecía no tener fin (...). El Convento de San Agustín se había transformado, en los últimos días, en el albergue perfecto para los heridos... Aquello era como un campo santo, nada les podía pasar si la mano amiga de Dios les ayudaba, a pesar de estar moribundos, de haber visto agonizar a otros combatientes, amigos y familiares... A pesar de que muchos de los que les habían acompañado habían acabado quemados, en la plaza (...). Aquella mañana, el calor era demasiado insoportable... Tanto que unos niños habían decido traer agua y, así, ayudar a los enfermos a combatir las altas temperaturas (...). Fue entonces cuando oyeron aquel ruido, aquel impacto atronador en la torre del campanario... El terreno tembló bajo sus pies, partes del techo se vinieron abajo y todo cuanto veían se convirtió en caos (...). Un obús había impactado en la torre y, como si de un milagro se tratase, no había estallado... Ni estalló nunca (...)." 



Ante tal situación fantasmal, Franco encargó la construcción del Pueblo Nuevo de Belchite a prisioneros republicanos, para los cuales se habilitó un campo de concentración en las proximidades y cuyos restos siguen en pie. Aquello sucedería entre 1940 y 1945, participando alrededor de 1.000 prisioneros a cargo de la Dirección General de Regiones Devastadas. Los últimos habitantes abandonaron los restos del naufragio en 1964, dejando atrás unas ruinas que, lejos de acondicionarse, mantienen la naturaleza misteriosa de los conflictos armados... El olor de la mismísima muerte y el sabor de un capítulo de la historia de España grabado a fuego en cuerpos y en almas.


En tan sólo dos semanas, Belchite fue asolado... A las primeras fortificaciones franquistas para retardar el avance de las fuerzas republicanas le sucedieron los duros combates callejeros, esos que la gente recuerda entre intenso calor y fuerte olor a sangre, sin suministros de agua, comida o servicios sanitarios. La aviación republicana atacó el casco urbano, dando lugar a combates casa por casa, causando unas cifras de muertos sin precedentes. Si bien es cierto que, en una huida desesperada, unos trescientos habitantes consiguieron cruzar las líneas republicanas, tan sólo ochenta de ellos llegarían a Zaragoza. Finalmente, y a pesar de las contraofensivas, la localidad cayó en el poder del Ejército Popular de la República.


Cada año, más de 10.000 personas visita las ruinas del Pueblo Viejo de Belchite... El capítulo está cerrado,  pero las cicatrices persisten... Y todavía puede notarse un ligero hormigueo sobre ellas con tan sólo pasear por sus calles, reviviendo episodios de aquel caluroso verano zaragozano, del que ya han transcurrido 80 más.

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