viernes, 23 de junio de 2017

La Residencia de los Susurros

Finales de diciembre... 8 y media de la tarde y un frío que helaba los huesos... En ese contexto tan complicado, el equipo de Excursiones para Normales se movilizaba hasta la zona norte de la provincia, en busca de un lugar rodeado de sombras, negrura y opacidad. Hace aproximadamente un año, nos llegaron las primeras informaciones de este sitio, el cual decidimos bautizar como la Residencia de los Susurros: una curiosa intrusión se colaba en la grabación de vídeo de un compañero que había decidido irrumpir a media mañana en aquella demacrada y calcinada edificación la cual, según los datos disponibles, había conformado una residencia de ancianos. Tal y como nos habían comentado, un cristo de piedra aparecía decapitado justo a la entrada del edificio, lo que le otorgaba un aura de misterio un tanto especial y diferente...


La noche había caído hacía horas, una noche fría y oscura... Ni un ápice de luz, ni un resquicio de luna... Nada salvo el pequeño haz de luz de nuestra linterna, bastante débil, el cual se abría paso entre la maleza, un tanto húmeda por las recientes lluvias. Se hacía muy extraño sentir aquel rocío bajo nuestros pies, mientras dirigíamos nuestros cinco sentidos a aquella edificación, solitaria, vacía y, sobre todo, grotesca, la cual, en cierto modo, frenaba nuestros pasos. El aire frío azotaba nuestros rostros, y de una forma eternamente agradecida, lo respiraba... Y sentía que recorría todo mi cuerpo, desde la boca hasta el estómago. Enfriaba por completo mi interior en un momento en el que percibía que algo no iba del todo bien. 


Nos adentramos por la puerta principal, mientras dos de nuestros acompañantes habían decidido esperar en el coche, dándonos algo de luz desde la lejanía. Fueron mucho más cautos a la hora de evitar aquella construcción deforme, maltrecha y en venta... ¿Quién, en su sano juicio, podría adquirirla sino para eliminarla cuanto antes? Su esencia, tan macabra y fúnebre, había conseguido secarme por dentro, como si me hubiese arrebatado algo que me pertenecía y que jamás fuese a recuperar. Mis ganas de hablar se habían ausentado tras cruzar aquel umbral... Incluso, comencé a sentirme algo mareada y distante de todo cuanto me rodeaba. Recordarlo me devuelve a aquella tarde invernal donde, asumiendo todo riesgo, volvería sin ninguna duda.


Tres plantas se abrieron ante nosotros... Anexos construidos con posterioridad en lugares insospechados completaban aquel edificio, devorado por la naturaleza y la tristeza. Todavía apestaba a quemado, como si hiciese relativamente poco que alguien hubiese decidido poner fin a sus restos sin demasiado éxito... De hecho, muchos eran los atisbos que obligaban a pensarlo, como la negrura en prácticamente la totalidad de las paredes que se mantenían en pie.


Una siniestra capilla perduraba en la planta baja... Incluso, un altar volteado y el hueco que, en su día, ocupase un crucifijo, llamaban la atención desde el primer momento... Y me obligaron a tragar saliva una vez más. Aún quedaban azulejos a media altura, de diversos colores, formas y tamaños, como si todo aquello hubiese sido puesto en marcha de forma rápida, inminente, en la década de los sesenta como muy tarde. Ni tan siquiera fuimos capaces de avanzar hacia el altar mayor... Era algo que quedaba, prácticamente, fuera de nuestro alcance, como si algo frenase nuestra intención... Nuestras ganas de ir más allá de lo desconocido.


Unas sucias y aterradoras cocinas se hallaban frente a nosotros... Su
imagen, jocosa e, incluso, algo sarcástica, me hicieron dar un paso atrás. Todos aquellos colores, formas y figuras parecían haber despertado en mí un punto de coulrofobia, esa fobia o miedo irracional a los payasos que, en realidad, se basa en la gran cantidad de colores que llevan en sus vestimentas. Por un momento, el tiempo parecía haber vuelto atrás más de medio siglo... Sentí en mí la tristeza de unos ancianos en medio de la más absoluta nada... De un campo abierto, de una era, sin familias, sin amigos... Solos tras las rejas de aquellos ventanales.


Subir a la segunda planta no fue nada fácil... Las escaleras, laberínticas y claustrofóbicas, combinaban muy mal con la deficiente iluminación... Lo peor, quizá, llegó en aquel momento: el resto de una lápida que decía, literalmente, "de tu esposa y nietos" se hallaba bajo nuestros pies. Fue en aquel momento cuando no pude seguir adelante... Me dejé llevar por aquella sensación tan extraña y me senté sobre los escalones... Cerré los ojos y volví a respirar ese aire frío, aquel que hacía unos minutos me había enfriado por dentro. Sentía que las piernas me flaqueaban, y hubiese querido no volver a moverme de allí jamás.


No sé cuánto tiempo pasé en aquella posición, con mi cámara encendida y la linterna en la mano. Tampoco recuerdo cuándo decidimos armarnos de valor para seguir adelante en aquella extraña expedición que no me estaba dejando un buen sabor de boca... Sólo sé que me levanté y seguí atravesando enormes y coloridas estancias, todas ellas, supervivientes de una multitud de incendios que, a fin de cuentas, no habían acabado con ellas. ¿Será eso cierto, de que mala hierba nunca muere? ¿Aquellos angustiosos y reducidos espacios eran, en realidad, cuartos de baño?


Subimos a la tercera planta con un gran pesar, una tristeza inexplicable. Allí todo estaba a medias de construir: paredes y escaleras en ladrillo vivo, sin enlucir, con una coloración que oscilaba entre el gris cemento y el rojizo del barro. El suelo parecía estar construido, también, con los restos de las lápidas de un cementerio cercano... Aquello se había convertido, como mínimo, en una zona de velatorio de cientos, quizá miles, de fallecidos cuyas familias habían decidido recordar a través de inscripciones en sus tumbas. Ahora, esas tumbas forman parte de un suelo pisoteado por otros.


Unas breves letras me sobrevinieron aquella noche oscura... 

"(...) Prometí volver... Pero, en esta ocasión, ni tan siquiera me atreví a formular preguntas: desde la última vez, estaba todo dicho (...). Además, esa tarde había anochecido demasiado rápido... O quizá era yo, que había esperado ansiosamente el anochecer con el único fin de que alguien o algo más allá de mi mundo iniciase una conversación que permitiese saldar una cuenta pendiente (...). Me movía lentamente, poniendo mis cinco sentidos en cada paso... Hasta que un ligero ruido me sobresaltó (...). En esa ocasión fui yo... Sí, yo mismo... Que había osado a cruzar demasiado rápido por delante de una ventana, mientras una ráfaga de viento sopló con fuerza y me obligó a pisar algunos escombros (...). Me senté en las escaleras, en completo silencio, observando los restos de aquella lápida en el suelo, mientras una voz indescriptible rompió aquella dinámica justo cuando el flash impactaba sobre la esposa y los nietos (...)."

Cuando marchábamos volví a girar la cabeza para mirar, desafiante, aquella Residencia de los Susurros...

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